Billy Elliot

Billy Elliot: Un musical para recordar

Me imagino que todos tenemos una película escondida en la recámara. Una película que, pasen los años que pasen, seguirá poniéndonos los pelos de punta. Esa película que queremos y odiamos a partes iguales. La misma que a veces te pilla desprevenido una tarde de domingo y decides dejarla puesta, aunque sabes que te vas a emocionar de la misma manera que la primera vez que la viste; o, precisamente por la misma razón, decides apagar la televisión. Supongo que todos ustedes tendrán ya en su mente el título de su película. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la versionan? ¿Qué ocurre cuando tratan de llevarlo a los teatros? ¿No les acribillan las dudas de pensar cómo van a llevar algo, que ya es casi perfecto, sobre unos tablones de madera? Eso mismo pensaba cuando vi anunciado en las marquesinas de los autobuses el musical de Billy Elliot.

“Danzar es sentir, sentir es sufrir, sufrir es amar. Usted ama, sufre y siente. ¡Usted danza!”

Isadora Duncan.

Pau Gimeno

Billy Elliot es esa película capaz de revocarme al sofá de casa de mi abuela, capaz de hacerme volver a mi infancia más tierna. Me mostré algo reacio a la hora de ir, y, si no me hubiesen insistido, me habría quedado en casa, pero al final fui. Me senté en la última fila y esperé a que empezara. Lo siguiente que recuerdo es estar con un nudo en la garganta durante toda la obra. Desde el minuto uno, en el que únicamente se ve a un muchacho, un verdadero bailarín; hasta que encendieron las luces. Sólo de recordarlo se me eriza el pelo y tengo que ahogarme la sonrisa. Me maravilló. Desde el primer pase hasta las interacciones con el público; y poco me importó que hubiese una niña de tres años llorando en una de las escenas más trágicas.

Más que la enhorabuena, salí de allí dando gracias, y quedándome con las ganas de dárselas en persona no solo al protagonista, Pau Gimeno, que, sin lugar a dudas tiene toda mi admiración y la de cualquiera que se haya atrevido a sentir alguna vez; sino a todo el elenco de actores, bailarines, a todo el personal de vestuario, los encargados del decorado, del atrezo, de la música… Todo, la obra en su totalidad, fue una completa genialidad. Desde los cambios de escena, hasta los diálogos, todo transmitía respeto, todo inspiraba, te hacía pensar en el sacrificio y trabajo que cuesta llevar todo eso a cabo.

Es increíble que un bailarín, al que no ves la cara porque, francamente, en la última fila poco se puede apreciar, sea capaz de transmitir tanto. Un cambio de gesto, un chasquido, una simple palmada, servía para estremecerte el cuerpo y que se te diera la vuelta el estómago. Sin lugar a dudas, han hecho de la película británica de Stephen Daldry una de las mejores adaptaciones posibles. Con una escenografía impecable y una actitud y belleza inigualables. Un gracias se queda corto, cuando en una tarde, un grupo de personas a las que, desgraciadamente no tengo y dudo mucho si tendré, el placer de conocer, te hacen recordar esa parte de tu niñez que parecía olvidada.

Son capaces de que tú mismo, te sientas Billy Elliot, porque tienen la habilidad de hacer que tú quieras estar en el escenario, que tú quieras encontrar tu camino, el que sea, y luches por él. Porque llegan a recordarte los sueños que parecían haberse quedado dormidos, de una manera tan inocente, como podría hacerlo un niño de tan solo once años.

Un niño, que, cual ménade en pura danza, pero sin llegar a perder compás alguno, te hace estremecer y; sin mirarte ni intercambiar palabra, eres capaz de entender la dureza de la época, el sentirse encerrado en un mundo del que quieres y a la vez no, salir. En un simple eco de tacón es capaz de hacerte sentir dentro de la obra, como si fueses tú ese niño que ha perdido a su madre, como si fueses tú el que se siéntese libre solo al bailar, como si fueses tú un niño criado en la dificultad del momento, en la injusticia y a la vez en la incomprensión de la realidad que te rodea.

 

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