Una noche en El Capitán

Quiero construir un bucle que haga que día y noche sean iguales, para la eternidad. De esta forma el cansancio seguirá siendo el mismo, pero al menos no aumentará. Sigo aquí dentro, en El capitán, un bar con forma de lata de sardinas apostado junto a la autopista, rodeado por un parking sumido ahora en la oscuridad.  Un martes de agosto llega a su fin, solo unas pocas caras borrosas seguimos trabajando entre tubos de neón, colillas húmedas y sueldos miserables, arrastrándonos por vivir un día más.

Un tipo con la camisa llena de migas hace girar la piedra del mechero y aspira hasta que sus labios se funden con el filtro del cigarrillo. Cierra la puerta haciendo sonar la campanilla y se aleja hacia el parking, en el último momento su silueta se ilumina con las luces del camión, gira a la derecha y se pierde en el asfalto. Uno menos. La cristalera recorre el perímetro de El Capitán, dándome una panorámica las luces de la autopista. Al ver por primera vez este traje mi madre debió de pensar que estaría trabajando en un hotel “de esos en los que dan la propia en billetes”, la americana granate y el pantalón negro ceñido, todo coronado por una pajarita que parece tensarme más los músculos del cuello al levantar la cabeza. Esta es la imagen:  veinticinco años, vestido como un botones desteñido, observando en el reflejo del cristal la forma en que las ojeras me invaden la piel y arrancan todo rastro de humanidad. Suspiro y vuelvo al trabajo.

-¿Y qué se supone que debería hacer? ¿Coger un vuelo a Singapur y decirle que todo está bien? – El viejo se retuerce en su butaca, toma un largo trago de café y continua, su compañero le observa en silencio. -Hazme caso, ese chico no quiere volver, incluso sabiendo que eso se ha solucionado- Últimamente aparecen por el bar, piden un café solo, una copa de la mezcla Rana Azul y el único cenicero del local. -Pero tanto tiempo allí le tiene que estar volviendo loco, ya viste donde dormía. Ni siquiera las ventanas daban al exterior- Él que responde es su compañero, debe de tener diez años menos, bebe tragos cortos y siempre pide que le rellene. Escucho con atención sus historias, parecen perderse en recuerdos divagantes, turbios en algunos momentos. Pero no juzgo, mientras hablan rescatar las colillas sumergidas en botellines no parece algo tan banal. -Creo que es mejor que no interfiramos, tiene que decidir él, pronto le llegarán noticias.

La barba del anciano se convierte en petróleo humeante y comienza a ascender hacia el techo, crea pompas grises que explotan salpicando la cara del otro, la piel se deshace en fibras y descubre que no hay nada donde debería de haber huesos. Sin embargo, parece lidiar bien con ello, no hay felicidad en su rostro, más bien conformidad. Deja la taza en la mesa, como la barba el resto de su cuerpo se vuelve líquido y desaparece. Solo queda una gotera negra en el techo, su compañero permanece quieto, ha dejado de respirar, pero sus ojos continúan abiertos, como se la conversación continuase. Suena mi nombre a lo lejos.

En un parpadeo mi codo impacta contra uno de los vasos, miles de pedazos de cristal chirrían contra el suelo. Estoy de nuevo en la barra. El viejo y su compañero desaparecen en el parking, las luces de un Seat 1500 recorren la cristalera, desordenando las sombras momentáneamente. Alguien me llama. Miro al techo, no hay rastro alguno de goteras de alquitrán. Normalmente son juegos de colores, formas distorsionadas que se giran hacia mí, hasta que respiro y me digo “no es real, no es real”. Pero lo cierto es que no importa, duele igualmente. -¡Fran!- Me gritan.-¿Sí?- En el lado sur de la barra me habla Jesús, un parroquiano que a pesar de no pasar los cincuenta ha sido consumido por las arrugas. Hace un gesto con la mano y señala en su dirección. -Toma lo que te debo de las jarras-Suelta unas monedas que tambalean unos segundos. Asiento con la cabeza lentamente. Se acerca hasta mi- Chico, no puedes seguir así ¿Cuántas horas duermes? – Suspiro profundamente- Si te digo la verdad , es un privilegio que rara vez me doy. No lo necesito. ¿Para qué? Si mañana voy a vivir lo mismo. Los camioneros volverán a preguntar por la chica del otro turno y tendré que repetirles que solo viene los domingos. En sus caras veré decepción y sus propinas serán de risa, esos viejos hablarán de un chico escondido en Singapur y tú te marcharás. No merece la pena dormir lo suficiente si lo que viene después no me ofrece nada mejor.

-Esto te va a acabar pasando factura. Si sigues así este sitio te va a succionar, y no le importará, a nadie lo hará. Huye.

-Jesús, lo dices y suena tan fácil. No todos tenemos la suerte que tú.

-No es una vida sana, chico. Aléjate de ella- me dice al salir por la puerta. Enciende un cigarrillo y pregunta si el casino sigue abierto.

Estoy cansado de todo. Salgo por la puerta trasera, tan pobremente iluminada por la luz de emergencia, y me apoyo en ella. Necesito respirar, aunque sea este aire con sabor a hierro y asfalto, que se queda reposando en la lengua y te hace sentir la garganta como una cañería oxidada. A lo lejos las sirenas de una patrulla ladran recorriendo la carretera, persiguiendo a alguien que responde con disparos, aire rasgado por las balas.  Jesús ya debe de haber desaparecido en el parking, puede que alguna farola retenga su sombra hasta que caiga en la cuenta de lo inservible que resulta.  No importa donde esté, fuera o dentro. Creía que había puesto aquí la frontera, esa que   divide mi vida encerrado y la que hay bajo el cielo, pero es tan frágil que no hay manera de distinguirla, no hay cielo, no hay frontera. Delante de mi se alza una pared de tierra de seis metros, expulso una risa camuflada en un suspiro-esto es la ostia- digo para mis adentros.

Un pitido agudísimo se apropia de la atmósfera sonora, es una línea que atraviesa el cráneo de una oreja a otra. Dentro tiembla y hace tambalear la materia gris de mi cerebro, dando latigazos contra las paredes. Siento la fuerza de un puñetazo hundiéndose en el estómago, disolviendo las tripas, la bilis se mezcla con la sangre y el aire perfora las costillas. No veo nada, oscuridad. Estoy en el centro del vacío, por encima de mi cabeza flotan dos esferas luminosas, lisas y que parecen emanar frio y calor. Por mi garganta emerge una arcada, desaparezco del vacío y lo primero que hago es abalanzarme sobre la papelera y hago retumbar en ella una tos metálica. Oscuridad de nuevo, asciendo hacia las esferas, que se acercan lentamente en el vacío, pero cuanto más lo hacen más tiemblan y se repelen, colisionan y la explosión que produce me lanza hacia las paredes ¿del vacío? Abro los ojos para que desaparezca esta sensación y descubro una sombra delante de mí. En lugar de la camisa lleva una camiseta negra, la americana granate es ahora una chupa de cuero roja, tan intensa que la luz se detiene a deslizarse por sus pliegues, a cicatrizar los huecos de la cremallera. Estoy temblando ¿soy yo? Debería de serlo, me reconozco en su cara, pero no encuentro las ojeras fundidas en su piel. Mientras le analizo esboza una sonrisa extraña, clava sus ojos en mi y corre hacia mí. Con la misma fuerza de una brisa me atraviesa y mis pulmones se quedan sin aire. Vuelvo a tener esa sensación, ahora me faltan costillas y sangre, me inclino hacia atrás. Suenan las llaves girando la cerradura. Me palpo los bolsillos como quién pierde el móvil. Me torno hacia la puerta e intento abrir, empujo, no funciona, lo intento de nuevo. La plancha de metal se estrella una y otra vez, aprieto tanto la manivela que me perforo la piel con las uñas. Consigo abrir, las llaves tintinean al otro lado de la cerradura. Al pasar por el marco de la puerta regresa ese mantra “tengo que volver al trabajo”.

Cruzo la barra hacia el otro extremo, las botellas de la encimera encierran mi rostro por unos instantes hasta que regresan sus etiquetas. Estoy desorientado, no entiendo muy bien como funciona el tiempo, tres pasos parecen seis segundos, se convierten en cien metros, se doblan las distancias y se acortan hasta lo absurdo.  Hecho un vistazo, no queda nadie en El Capitán. Haría tanto para desaparecer de una vez, tan solo puedo esperar, saber cuántas horas quedan para que el reloj me grite de nuevo la hora para hacer exactamente lo mismo que ayer a la misma hora. Delirar sin pudor. Enciendo la radio, a mitad de canción comienzan las interferencias, dejo que suene unos minutos, seco los vasos y espero a que nada ocurra mientras fumo uno de los cigarrillos que Jesús ha olvidado.

Y sin embargo algo ocurre.

El silencio del parking se ve truncado por unos neumáticos chirriantes. Una furgoneta gira hacia la entrada, con forme avanza hacia el bar los faros borran cada sombra del bar, incluida la mia. Choca con una de las paredes, el cristal tambalea y el sonido del metal al vibrar se queda rebotando de una pared a otra. Bajan dos hombres, caen algunos billetes junto a sus pies. Se gritan y gesticulan, uno de ellos señala continuamente la furgoneta como si quisiese arreglarla con solo mirarla. Pasan un par de minutos hasta que descubren mi presencia, un espectador anónimo. El más alto pega un portazo y me apunta con una escopeta.

  • Ni se te ocurra moverte, puto imbécil.

Tardo un tiempo en reaccionar, estoy más centrado en el polvo que emana del coche, asciende iluminado por los faros y se pega al cristal. Joder, yo voy a tener que limpiar eso.

-¿Me estás escuchando, gilipollas? Las manos en alto.

Asiento, el otro hombre entra.

-¿Desde cuando cojones conduces así de  mal? ¿No ves que nos acabas de joder a los dos?

-Eso ahora no importa, tenemos a un tío aquí. Lo usamos de rehén y negociamos. Eso nos dará tiempo para pensar algo mejor.

Se queda en silencio, tras una pausa de treinta segundos levanta la cabeza al oír las sirenas acercándose.

-Mierda, mierda, mierda. Está bien, hagámoslo.

No digo nada, me limito a observar. Bajan las persianas y sus uniformes se tiñen a rallas por el verde del cartel luminoso. Se pasan el tiempo caminando de un extremo a otro, susurran, de vez en cuando giran la cabeza, siempre con la vista clavada en mí y agarrando una pistola. A la policía no le ha costado mucho dar con estos tipos, en tan solo dos minutos suenan varias patrullas rugiendo en el parking, las luces parpadeantes salpican el suelo, agentes corriendo de un lado a otro y gritos para señalar su posición. Alguien enciende un megáfono y habla. Sus palabras se reducen hasta perderse en el estridente sonido que producen las botellas al chocar entre sí. Las tazas, aún mojadas, vibran, parecen romperse, lo intentan hasta tal punto de que trato de sujetarlas. Pero no sirve de nada, incluso en con toda mi fuerza de mis manos tiemblan en el interior. El bar entero sufre el temblor, surgen grietas que avanzan por las paredes hasta no dejar una sola línea recta. Unos pasos, de entre todo el caos distingo unos pasos, suenan hasta que se paran frente a la barra. Otra vez es él, cara a cara con mi propio rostro. Posa su mano sobre la taza y el terremoto se pausa en el acto. Se gira para observar con detenimiento en local, fijándose en las botellas medio vacías, en las colillas escondidas entre la línea de las baldosas, las servilletas grises a los pies de la barra, las cáscaras de pipa hasta en las copas. Al regresar me mira con tristeza, casi como si se compadeciese de mí. Siento miedo, miedo a perder la existencia. La profundidad de sus ojos me abruma, parecen no tener fondo, pero en ellos rebosa vida, en cambio los míos, planos, se resbala la vida, gotea para huir de mis párpados.

Ya no me dirige la mirada, se aleja hacia la puerta con las manos en el interior de la chaqueta. Salir fuera significa ser real, ya he sentido algo parecido allí atrás, bajo la luz de emergencia. Discuten, no se quién, tampoco importa. Ser real significa serlo más que yo, que mi existencia depende del dolor que soporte. Por eso he creado este bucle, porque se que lo que viene después no va a doler más. La idea de ser únicamente parte de un ser, sin libertad ni control, me produce temor y rabia. -Me voy a entregar- otra frase inconexa que se ahoga en el ambiente. Los gritos continúan. La vista se me nubla, unas ondas trasparentes hacen que las formas se distorsionen. Los pasos se alejan, en cuanto cruce la puerta dejaré de existir, una arcada.  No voy a dejar que escapes, cabrón.  Imagino un revólver del calibre 38 bajo la barra, con los cincos balas en el tambor, cada día mi jefe las coloca de nuevo. Lo levanto con firmeza y aprieto el gatillo sin pensar.

UNO, DOS, TRES, cuatro disparos rompen el silencio y una bala pasa zumbando al lado de mi oreja reventando algunas botellas a mi espalda, el suelo se encharca con una mezcla de alcoholes. Creo que se ha intentado defender ¿por qué disparar si no? No deja ni siquiera la chaqueta agujereada para recordar esta victoria miserable, su cuerpo se ha borrado de la sala, respiro aliviado. Ahora ya puedo dejar el arma sobre la barra, recordar que no es real y permitir que se diluya en la chapa de zinc que sirve de refuerzo. Pero sigue ahí, el olor a metal incandescente se convierte de pronto en el detalle que me impide regresar a la normalidad. Por el cañón del revólver escapa aún un hilo de humo. Bajo la mirada para descubrir tendido en el suelo, con un charco granate en extensión, el cadáver de uno de esos tipos. Uno de los disparos ha reventado el cristal de la puerta, dejando medio cuerpo en el suelo de baldosas y la cabeza inmersa en la oscuridad del parking, reposando sobre el asfalto. -¡Hijo de puta!- el otro tipo me grita desde fuera, con las manos en alto las aprieta con todas sus fuerzas , sus ojos se llenan de rabia. Se abalanza sobre el capó de la furgoneta para agarrar su pistola, pero, antes siquiera de rozar la culata, la policía abre fuego desde alguna parte. Las piernas, el pecho y la espalda se le llenan de agujeros, pequeños surcos abriéndose paso en la piel desgarrada. Cae hacia un lateral y el ruido de su cabeza chocando contra el retrovisor marca el silencio.

Desde esta posición El Capitán se ve extraño, quizá se deba a que nunca echo la vista atrás al cerrar. La luz del letrero me da de frente, creando un aura verdosa a mi alrededor.  Apoyado sobre el capó de una patrulla observo como todo va desapareciendo, las cintas policiales, las sirenas, las bolsas de cadáveres. Incluso los flashes regresan a su compartimento en la cámara del forense. Doy una calada al cigarrillo, al menos esto me mantiene atado al mundo, creo flotar por encima de la nube de nicotina. Pienso que entiendo la ironía: he matado a un hombre y provocado la muerte de otro, todo para que un doble no me borrase de mi propio cuerpo. Ha sobrevivido, junto a la puerta, aunque nadie lo ve, hay una chaqueta de cuero roja sin agujerear. Lo peor es que nada sirve, ¿Vivir en un bucle como este?, ha optado por marcharse. Un policía se acerca para tomarme declaración, me pregunta cómo ha ocurrido todo, por qué disparé, etc. Aunque me centro en la voz eléctrica que emana de su walkie-talkie, esas interferencias que se cuelan por el uniforme y arañan el tejido. Ahora el sabor a hierro y asfalto se ha convertido en una capa líquida parecida a la humedad. que me embadurna la piel, cada rato pasa un camión que barre un poco de aire caliente hacia mí, es menos asfixiante. Son las cuatro de la mañana, ha terminado mi turno. Todo se vuelve oscuro, el cigarrillo cae a un charco de aceite, las luces de a la autopista se mueven horizontalmente mezclando el tono anaranjado de las farolas con el rojo de los intermitentes y el dorado de los faros. Pulsaciones luminosas que se incrementan y profundizan en mis pupilas sin preguntar. No sienta tan mal la radiación. Mientras dejo que la luz acelere al dibujar círculos en la autopista no puedo evitar pesar que una habitación en Singapur sin ventanas al exterior no puede ser muy distinto a esto.

  • ¿Me estás escuchando, chico?

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