Lorde, entre cielo y tierra

A veces la mejor manera de conocerte es exponerte, sabiendo que para ganar algo hay que perderse, que nunca pasa nada en cuando te quedas bebiendo solo en la misma esquina de cada club. Aunque quizá crecer no consiste en coleccionar secretos, sino en saber contar bien los que siempre has tenido. Algo así es lo que lleva haciendo Lorde desde que debutó en 2013 con Pure Heroine. En aquel primer trabajo su voz, áspera en las primeras estrofas, se desataba aguda en los estribillos. Era como si algo la hubiera pillado desprevenida y no pudiera contener la emoción de saber que lo mejor estaba por llegar.

La neozelandesa hizo suyo un pop magnético, furiosamente moderno y a la vez nostálgico, adulterado con la rebeldía callejera del R&B y la melancolía nocturna del soul. Su timbre te hacía pensar en una Lauren Bacall millennial pidiendo fuego en la puerta de la discoteca, pero esa tensión entre la entrega total y la desconfianza era la de una chica de 16 años. Sin embargo, ella nunca intentó parecer ni mayor de lo que era. Como dejaba claro en “Tennis Court”, mostrar a los demás lo poco que te importa lo que piensen era una nueva forma de arte. Lorde defendió la naturalidad de lo excéntrico con un estilo sobrio con sombras de exceso; dulce y decadente, una mezcla imposible entre Miércoles Adams y Veronica Lodge. Más allá de la estética girl-next-door continuamente reciclada por la MTV, su poder, dentro y fuera del escenario, se basaba en su discreción. Lejos de ser la nueva princesa del pop, se convirtió en algo así como la Khaleesi de la industria, dominando el terreno del mainstream como si la fama fuera un destino del que no podía escapar.

Al mismo tiempo, ocupó el centro aun permaneciendo fiel a los valores del margen, los de las calles desiertas y las fiestas en casas sin padres en su Auckland natal, sin ir más lejos, los de todos los adolescentes descontentos con tendencia a perderse en los recreos y ganas de gritar al mundo “¿hay alguien ahí fuera?”. Como el estribillo de “Team” (la que creo que es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos), su primer disco es un manifiesto sobre la fuerza creativa de su generación a la vez que una búsqueda de un sentido de comunidad que trascienda la cultura de tribus urbanas y las jerarquías impuestas en el instituto.

We live in cities you’ll never see onscreen

Not very pretty, but we sure know how to run things

Livin’ in ruins of a palace within my dreams

And you know we’re on each other’s team

(via Getty Images)

Esa sensación de salir al mundo exterior y descubrir que no estás sólo es quizá lo que hizo a Lorde una heroína. Sus primeras canciones evocaban una atmósfera onírica e intimista con su base eléctrica constante. La voz mantenía la tensión desde su entrada y liberaba toda la energía en el estribillo, como una fuga de gas, una revelación total del mundo interior de la cantante. A Lorde nunca le dio miedo reconocer sus contradicciones; en sus letras la ironía es inseparable del romanticismo (“400 Lux”), y su rebelión contra la frivolidad del star system no le impide seguir deseando de ser parte de él (“Buzzcut Season”, “Royals”, “TennisCourt”). Su terreno de juego es un mundo fascinante y violento en el que luchar por lo que quieres supone admitir tu vulnerabilidad, el hecho de que antes de ser único, eres uno entre muchos. Quizá por eso, Pure Heroine es uno de esos discos que, en la era del millón de reproducciones, se convirtieron en clásicos el mismo mes de su lanzamiento. Prueba de ello es que en 2017, después de otros tantos hypes compuestos por menores de edad, seguíamos esperando su regreso sin temor a la decepción.

Cuatro años pueden ser muy intensos cuando pasas de tener 16 a tener 20, en especial si has vuelto casa después de tocar la cima del mundo. De nuevo en Auckland, Lorde se tomó su tiempo para seguir viviendo como si Pure Heroine no fuera más que una historia increíble que contar a sus amigos de siempre o un motivo por el que sonreír tímidamente cuando alguien le hablara en una fiesta. En esos cuatro años se dio cuenta de lo mucho que le quedaba por experimentar, empezando por una ruptura con su novio del instituto seguida de una incierta sensación de libertad para explorar su sexualidad. Por fin, el pasado mes de junio regresó con Melodrama, un disco donde aborda la crisis del cambio de década y su constante regeneración a base de prueba y error.

En una entrevista con su gran amiga Tavi Gevinson para Rookie, Lorde contó que había tenido en cuenta el efecto que podía tener cada palabra en sus letras. Esta precisión es la clave de la intensidad del álbum. La narradora intuitiva, sarcástica y visceral de Pure Heroine sigue muy presente, pero de una forma más sugerente y fría, hablando a través de escenarios e imágenes inconexas (“Half of my wardrobe is on your bedroom floor/Use our eyes, throw our hand soverboard”). Su contención invita a indagaren la historia un poco a la manera de los cuentos de Carver, describiendo sutilmente el paisaje de las relaciones, acelerando el ritmo y deteniéndose un momento con una línea solemne, como cuando grita desde el foco de la herida hacia el final de “Liability”:

I know that it’s exciting

Running through the night, but

Every perfect summer’s

Eating me alive until you’re gone

Better on my own

Pero, quizá con la excepción de la canción anterior, la tristeza nunca pesa lo bastante como para arrastrarla. Uno de los hits del disco, “Green Light” es una demostración delirante de resentimiento y fortaleza. Al comienzo del vídeoclip, Lorde ensaya delante del espejo la mirada desafianteque hizo popular a los 16 con “Royals”. Más allá de la rabia (“I know about what you did and I wanna scream the truth”), la joven se muestra vulnerable. Atrás queda la indumentaria negra que lucía años atrás como una especie de capa de invisibilidad. Con un vestido de tubo fucsia y sneakers, baila sobre el capó de un coche, en el lavabo de la discoteca y por las calles de una ciudad desierta. “Green Light” es una canción sobre la sensación de desarraigo que sigue una ruptura, pero también sobre la necesidad de afrontar el dolor y descubrir que puedes atravesar el fuego sin quemarte.

La luz verde que ella espera es la señal de que algún día ya no echará de menos a su ex. Pero hasta que esa señal llegue, Lorde busca nuevas experiencias, abatida pero esperanzada, confundiendo la valentía y el deseo, exprimiendo el placer de cada romance frustrado. Como sugiere en “Homemade Dynamite”, el riesgo de acabar llorando u olvidándote de lo que hiciste la noche anterior aumenta la emoción de cada fiesta.

Might get your friend to drive, but he can hardly see

We’ll end up painted on the road

Red and chrome

All the broken glass sparkling

I guess we’re partying

Lorde escribe sus canciones con la cabeza fría, pero las interpreta con la fuerza impredecible de su cuerpo. Esto le permite distanciarse de su propia experiencia con ironía sin dejar de ahondar en el dolor. Y eso es quizá lo que ha hecho de Melodrama uno de los mejores álbumes de 2017 (el mejor según la profética revista británica NME), la capacidad de una artista de renovarse sin romper con su inimitable estilo, la misma que la de una mujer para vivir entre el pasado y el futuro, entre la euforia y la certeza de que nada volverá a ser igual. Con la humildad y la valentía propias de una heroína, Lorde entiende la música como refugio y trabajo, como un lenguaje oscuro y reconfortante que sólo puede (y debe) nacer en ella misma.

 

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