Archipiélago Putin

Dentro del calendario electoral de 2018, habitualmente compartido en redes sociales de politólogos, sociólogos, internacionalistas y más fauna científico-social en general, aparece una cita fundamental que, probablemente, atraiga un interés escaso en la mayoría de la población: las elecciones presidenciales de la Federación Rusa y Vladimir Putin.

Bien es cierto que el interés sobre cualquier suceso futuro suele estar relacionado con la incertidumbre y, objetivamente, el resultado de estos comicios es plenamente predecible para el común de los mortales e incluso son las elecciones con mayor predecibilidad de la historia del país.

Sin embargo, esta certidumbre suele relacionarse con un supuesto control férreo del proceso electoral por parte del Ejecutivo que promueve una interpretación bastante simplista de la realidad política rusa en la actualidad. Si bien es innegable que la Federación Rusa no se caracteriza por su amplio régimen de libertades y transparencia política (especialmente tras las dudas que las elecciones de 2012 arrojaron en esta materia), esa circunstancia no es óbice para reconocer que nos encontramos ante un momento político que representa el zénit del proyecto de Vladimir Putin, tras más de una década de transformaciones políticas, económicas y culturales que, unidas a los episodios acaecidos en Europa del Este desde el estallido de la revuelta ucraniana han consolidado su figura hasta niveles propios de una deidad política.

El papel de Rusia, es bien sabido, no es una cuestión menor. No es sólo la heredera del legado soviético tras la Guerra Fría (con su poderoso arsenal nuclear, un amplio ejército y armamento convencional y su puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas), sino que también cuenta con un papel clave en los asuntos internacionales que conciernen a países como Siria, Irán, Turquía, el Este de Europa, etc. Asimismo, Rusia cuenta con un papel económico muy destacado a raíz de sus vastos recursos energéticos; especialmente el petróleo (siendo el mayor exportador mundial no miembro de la OPEP) y el gas (donde es el mayor exportador mundial).

Boris Yeltsin y Vladimir Putin (via NYDailynews)

A pesar del interés que pueden despertar estas particularidades, las visiones sobre la política interna rusa suelen caracterizarse por la simplicidad y, precisamente, el desinterés, a ojos de la opinión pública. Es cierto que la heterogeneidad conlleva complejidad e inversamente, la dinámica política rusa desde finales de los años noventa se caracteriza por la lucha constante contra la diversidad política y territorial.

Sin embargo y precisamente a raíz de estos elementos, existen factores de interés para exponer por qué estas elecciones serán las menos competidas (si cabe) de todo el período post-soviético.

La consolidación de Yeltsin como figura política rusa plenamente legitimada en sufragio popular frente a la administración soviética a comienzos de los años noventa, fue el detonante de la desmembración de la URSS en un proceso fuertemente caracterizado por la oposición que representaban las grandes repúblicas (especialmente Rusia, Ucrania y Bielorrusia) frente a la centralización soviética.

Tras los vanos intentos de legitimación de Míjail Gorbachov atrapado entre reformistas y conservadores en el marco de la Perestroika, el país dio fin junto al año 1991.

Los primeros años de Yeltsin se caracterizaron por un enfoque liberal en consonancia a las tesis defendidas en el seno del PCUS que le habían llevado a liderar al sector reformista, el cual acusaba a Gorbachov de ser demasiado tibio y lento en el avance de las reformas.

Los graves problemas de producción y desarrollo tecnológico, unidos a la necesidad de establecer un sistema de precios; dieron lugar a graves crisis monetarias e inflacionarias, que condujeron al descrédito político del Presidente ruso. Dicho descrédito e impopularidad fueron respondidos por Yeltsin a través de una política fuertemente presidencialista (que incluyó el ataque de la sede legislativa haciendo uso de las fuerzas armadas) que se canalizó a través de la nueva Constitución.

Posteriormente, el auge de partidos alternativos a la plataforma gubernamental y con un fuerte carácter nacionalista (fundamentalmente el Partido Liberal Demócrata y el Partido Comunista) terminaron de imprimir el impulso necesario para consolidar el giro nacionalista de la política de Yeltsin.

La designación de Vladimir Putin en 1999 como heredero del puesto presidencial fue avalada por las urnas en el año 2000 empleando de manera fundamental el conflicto checheno (en un cierto paralelismo con la situación actual).

Desde su designación, la acción política del inicialmente semi desconocido Putin se caracterizó por una clara oposición a los ‘traumas’ cosechados en la década que terminaba: desintegración, pérdida de la influencia internacional de Rusia, oligarquías, inflació y deuda pública. El objetivo del Presidente ruso fue (y sigue siendo) la recuperación y consolidación (en palabras de Rafael Fernández) de la autonomía del Estado frente al resto de amenazas señaladas.

Los instrumentos empleados para la consecución de dichos objetivos abarcaron tanto la represión política en la lucha contra las oligarquías económicas no fieles al poder ejecutivo, como los réditos derivados del alza de los precios de las materias primas al calor de una nueva ola de expansión económica que no fue quebrada hasta 2008.

Al contrario que otros regímenes también condicionados favorablemente por la expansión de la producción petrolífera o gasista, Rusia dedicó los frutos de estas actividades a consolidar un mecanismo anti-cíclico que evitase una nueva crisis de deuda como la acaecida en la década anterior: el Fondo de Estabilidad.

Macron y Putin (via AP)

Asimismo, en el ámbito educativo y cultural; el Gobierno ruso no vaciló a la hora de promocionar y sesgar contenidos tanto en la escuela como en el cine que favoreciesen una visión fuertemente nacionalista que construye un relato de éxito y continuidad histórica desde las etapas zaristas (pasando por una rehabilitación del período stalinista) hasta el actual Presidente , como depositario de las esencias históricas de Rusia.

Es esta visión que favorece la imagen de un gobierno fuerte, centralizado y autocrático la que contrasta con la idea de pluralismo y diversidad que parecía protagonizar la desmembración soviética y el auge de Yeltsin. Del mismo modo, esta visión se materializa en una serie de reformas encaminadas a favorecer las estructuras gubernamentales; desde el propio partido del Gobierno, Rusia Unida (a través de la elevación de los umbrales mínimos de voto para obtener representación parlamentaria como de las severas limitaciones a la creación de nuevas plataformas políticas) como las limitaciones a las repúblicas que constituyen la Federación (en el Consejo de la Federación, la cámara alta) o los amplios poderes que la figura del Presidente ostenta.

A su vez, la consolidación de este sistema de valores y estilo de Gobierno, unidos a una notable mejora de la economía rusa, han favorecido un papel más destacado del país en la escena internacional, con especial acento en los episodios de Ucrania y Siria.

Fue precisamente el conflicto ucraniano y la anexión de Crimea (en buena medida también condicionadas por el privilegiado papel estratégico de Rusia como suministrador de gas al centro y este de Europa) el episodio que consolidó la figura de Putin como un heredero de la tradición imperial rusa encaminada a restituir la imagen de su país en la escena internacional.

Es este relato el que ha permitido a Putin y a su partido no sólo recuperar los apoyos perdidos en 2012, sino incrementarlos de manera más que notable. El relato trazado a través de varios años de consolidación económica, política y, especialmente, cultural, es tan potente que incluso los únicos dos partidos que ejercen una remota alternativa a Rusia Unida (nuevamente el Partido Comunista y el Liberal Demócrata) también recurren a un discurso fuertemente nacionalista y con pequeños cambios con respecto a la línea gubernamental.

La personalización de la estrategia política y la popularidad del dirigente en la actualidad son tales, que Putin ha decidido acudir como independiente a las presidenciales del próximo mes de marzo, algo que no sucedía desde el año 2004. De acuerdo a la gran mayoría de encuestas, se espera que Putin superé en más de diez puntos el ya magnífico resultado de Rusia Unida en las elecciones parlamentarias del pasado 2016, lo que da cuenta de la magnitud de su actual popularidad, que le ha llevado a desligarse de su propio partido con el objeto de maximizar su potencial electoral.

Tras haber realizado una nueva reforma constitucional que amplia su mandato a 6 años; Putin se preparara para ejercer un nuevo período presidencial hasta 2024, lo que dará lugar a un total de 25 años en la esfera del poder (entre los que se incluyen cuatro años ejerciendo de Primer Ministro dada la incompatibilidad constitucional para ejercer tres mandatos consecutivos).

Lo que cabe esperar es que, a menos que vuelva a producirse una brusca caída de los precios de las materias primas, Rusia siga proyectando sus intereses en el ámbito internacional a través de sus recursos energéticos, militares y diplomáticos. Asimismo, resulta de vital necesidad diversificar su estructura productiva, excesivamente dependiente de las mencionadas materias primas y todavía con un escaso desarrollo tecnológico.

Quedará pendiente por evaluar en qué medida el desarrollo económico puede dar lugar al crecimiento de una clase media holgada que, a su vez, pueda demandar pasos hacia una mayor democratización del país o, por contraposición, el actual clima de opinión pública favorable a un estilo de gobierno autocrático se mantenga allanando el camino de la sucesión de Putin. En todo caso, lo que es prácticamente una certeza, es que Putin comenzará su próximo (¿Y último?) mandato con el mayor poder que un gobernante ruso había ostentado desde el período soviético.

Escrito por Javier Viñarás 


Fuentes y recomendaciones:

Rusia en la era postsoviética – Kepa Sodupe y Leire Moure (Editores).
Memorias de los años decisivos (1985 – 1992) – Mijail Gorbachov.
La Perestroika económica: Una revolución en marcha – Abel Aganbegián.

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