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La historia del arte: ¿una historia de mujeres sin mujeres?

El silenciamiento obliga a reflexionar sobre las causas y fines: obras anónimas o artistas que son conocidas por ser discípulas de hombres. ¿Dónde están los equivalentes femeninos a Van Gogh, Klimt, Tiziano o Miguel Ángel? Mientras me lo preguntaba, tecleaba en Google “obras de arte” y adivinad a cuántas he hallado en la primera búsqueda.

-No, no. Menos.

-Eso es. CERO.

La producción de este mensaje construye una falsa realidad basada en el reflejo de una sociedad que, a lo largo de su historia, ha paralizado el talento de una parte de la misma. Factores institucionales y sociales excluían a la mujer de los ámbitos del saber oficial perpetuando su dedicación al ámbito doméstico.

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Meiffren Conte, “Young Woman at a Mirror,”

Desde el Renacimiento hasta el S.XIX las mujeres que obtenían el privilegio de formar parte de las Academias veían prohibida su entrada a las clases de desnudo, lo que a nadie le pareció una dificultad al acceso de una sólida formación, sino un remedio para mantener la decencia de señoritas de bien, por supuesto. No fueran a escandalizarse y a comenzar a dibujar penes por las esquinas.

La mujer ha sido conceptualizada de todas las maneras posibles pero, ¿desde qué perspectiva? De acuerdo con los modelos fijados por los hombres, por supuesto. Vírgenes, brujas, campesinas o nobles.

La maternidad y el desnudo, nuevamente en el juego de la descripción de realidades, de espejos dibujados que reflejan la conceptualización de lo ajeno, lo Otro, como señaló Simone de Beauvoir: la propiedad a través de la contemplación.

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Yayoi Kusama, Infinity Mirrored Room – The Souls of Millions of Light Years Away, 2013

Llega así el ideal de perfección, la mujer bella y refinada a través del pincel; y, como algo excepcional conocemos a “la femme forte”, una mujer poderosa y temida por su autoridad. John Knox, líder de la reforma protestante en Inglaterra, parecía algo asustado:

“Es una monstruosidad de la naturaleza que una mujer gobierne o tenga un imperio por encima de los hombres. Permitir que una mujer dirija cualquier territorio, nación o ciudad es repulsivo a la naturaleza y a Dios y, finalmente, es una subversión del buen orden de la Iglesia y la justicia”.

Si John levantara la cabeza reaccionaría con un “me encanta” ante el descubrimiento de aquello que llevamos dentro las feministas: el demonio. ¡Vaya “femmes fatales”! Seductoras, embaucadoras y engañosas. Este estereotipo, explotado por los pintores vinculados al prerrafaelismo y al simbolismo, representaba a la mujer que llevaba a la ruina a los hombres, identificados como esclavos y víctimas. Pobres.

Y ahora, ¿seguís creyendo en una historia de mujeres sin mujeres?

Podría llorar como Marina Abramovic si me decís que sí, casi tanto como lo he hecho al descubrir que The Dinner, de Judy Chicago, no tiene entrada en Wikipedia. Louise Bourgeois nos animaría a crear redes fuertes, como la de sus arañas, ¡y qué necesario!

Ahora me voy a la cama que, por cierto, está tan desordenada como la de Tracey Emin. Espero compensarlo con sueños patrocinados por Yayoi Kusama, flotando en el agua y con luces de colores.

Pero lo que de verdad espero es que las mujeres cojamos el lápiz, el pincel y la cámara más fuerte para ser las que de verdad escriban la historia.

 

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