lacrimosa

Lacrimosa

Hubo una vez en la que la muerte no era más que un ángel, que lidiaba entre el cielo y los humanos. Era hermosa, como cualquier ángel, blanca y pura, suave a veces. Su llegada se esperaba, pues era ley de vida, y cuando era el momento aparecía silenciosa y esperaba en el rellano de la casa elegida.

Pero un día, se encontró de bruces con un hombre, apuesto y alto, con el rostro empapado en lágrimas, y los ojos enrojecidos por la cólera. Se tiró a sus pies y la agarró por las rodillas, suplicándola: “Por favor, no te la lleves. No hoy”. La muerte enmudeció, mientras de la casa salía una chiquilla en aspecto, no mucho mayor que ella. Palidecida la muchacha, le dio la mano, como muchos otros habían hecho antes y ella le besó la frente, como hacía siempre.

La chica se giró, y miró al hombre postrado en el suelo, con ojos llorosos y los labios, como si estuvieran cosidos, firmemente apretados. Muerte no hizo nada, mientras la pequeña, poco a poco desaparecía, se hacía transparente a medida que se acercaba al hombre, tratando de consolarle.

“Si te la llevas a ella, entonces llévame a mí también”. Muerte, de luto y ataviada con una capa negra, disimuló una mueca de dolor y miró hacia el cielo. “Sabes muy bien que no puedo hacerlo”. Seseante y sigilosa, se volvió dándole la espalda al hombre y echó a andar, yéndose por donde había venido, por ninguna parte, y hacia ningún lugar. “Entonces muerte, yo te maldigo.” El hombre se abalanzó sobre ella, empuñando un cuchillo untado en furia y se lo clavó tres veces. Una en la cara, otra en la espalda y la última en el pecho.

La primera le sacó los ojos, verdes como la esperanza, quedándose en su lugar, dos agujeros negros como el odio. La segunda, le arrancó las plumosas alas de un golpe. Pero la tercera… La tercera le deshizo de todo resquicio humano. La vació de compasión y amor y en su lugar, sólo dejó un corazón hueco, destripado por la furia. Con los dientes aún ensangrentados, muerte se levantó y le condenó a la inmortalidad.

A partir de entonces, muerte se pasea entre el mundo de los vivos, atacando sin compasión, sin justicia alguna, como la que no tuvieron con ella. Pero dicen, que aún en la oscuridad de su malvado cuerpo, siguen las cenizas de lo que un día fue un alma, con más esencia humana, de la que podríamos encontrar entre todos nosotros.

 

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