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The Balls´Lithuanian Experience

Hasta el pasado diciembre, poca gente era capaz de ubicar Prienai en un mapa. En un mundo cada vez más globalizado y regido por la inmediatez de la información, el pequeño municipio lituano (10000 habitantes), emplazado a orillas del río Nemunas y a 40 kilómetros de Kaunas, es uno de los puntos del mundo de la canasta donde más noticias y clicks diarios se generan. ¿El motivo? Una familia acomodada que se encuentra a caballo entre América y Europa: el clan Ball. Pocas veces un apellido, sin tener demasiada relevancia en lo que concierne al aspecto puramente baloncestístico, había ocasionado tal avalancha de datos en torno a él.

LaMelo entra por la puerta del Prienai Arena, firma un par de autógrafos y se sienta, sumido en sus pensamientos. A los 16 años, la mayoría de chicos de su edad no saben todavía hacia dónde enfocar su vida. No obstante, él, quizás de manera ligeramente forzada por su progenitor –o no, pues el talento está ahí-, sí. Por esa razón se encuentra en aquel pueblo, tan alejado de su añorada California: para hacer del juego un modo de vida. Comer, dormir y entrenar. Su mundo, todo lo que ahora mismo conoce, se ciñe a esos tres verbos. Un balón, una canasta y a disfrutar.

“Jugar, comer y dormir. Es todo lo que hay que hacer. Lo que hace la familia Ball”. Lavar Ball

Mientras, LiAngelo, más alejado del circo mediático –autógrafos y fotos con una nube de curiosos en torno a él- que encabeza su padre un poco más a lo lejos, lanza a canasta tranquilamente calzando las signature de BBB (Big Baller Brand) que llevan su nombre. Está habituado a no ser el foco de atención. Un año menor que Lonzo –uno de los rookies con más proyección de los últimos años- y tres mayor que Melo, siempre ha coexistido con ellos en un plano más a la sombra, sin atraer hacia él el alud de críticas –positivas y negativas- y crónica rosa de sus dos hermanos.

Su llegada se gestó merced al casting de equipos que realizó LaVar (personaje a tratar más adelante) tras sacar al mediano de la universidad de UCLA –donde jugó la temporada anterior Lonzo y que tenía acuerdo también con LaMelo- tras una serie de líos extradeportivos que dieron con él y dos compañeros más en una cárcel china durante un par de días y al pequeño del equipo del instituto por “tratarle igual que al resto de jugadores, como si no fuera nada especial”. Ofrecimientos a equipos italianos, franceses, lituanos, alemanes, croatas (ha trascendido que el Cedevita puso encima de la mesa un contrato de tres años para LaMelo) e incluso de la liga española (Morabanc Andorra).

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vía Getty

Todos declinaron la oferta excepto el Krepšinio klubas Prienai, equipo ahogado por las deudas cuya máxima parecía ser aquel manido concepto de cualquier tiempo pasado fue mejor. Antaño campeones de la LKL (competición local), ahora sus esfuerzos se centraban en la Liga Báltica (de ahora en adelante BBL) mientras luchaban por mantenerse en la primera categoría doméstica. De permanecer, gracias al impacto económico de los Ball, estimado a día de hoy en doscientos mil euros, se permitirían empezar la temporada 18/19 sin deuda en su haber.

La primera decisión de la directiva fue renunciar a la BBL para jugar en esas fechas el Big Baller Brand Challenge, una serie de encuentros amistosos frente a equipos de menor nivel –incluso juveniles- cuyo objetivo es el lucimiento de los hermanos y que alcanzaron cotas de visualización en momentos del streaming de más de doscientos mil espectadores simultáneos. Una locura. Partidos frente a conjuntos de segunda y tercera línea, con LaVar Ball sentado en el banquillo, en los que Melo&Gelo campan a sus anchas por la pista, haciendo y deshaciendo a su antojo, jugando un baloncesto de playground que nada tiene que ver con el estilo impuesto en Europa, donde priman la solidaridad y el esfuerzo colectivo. Resultados de escándalo (151-120, 147-142, 130-93) con líneas estadísticas que no se quedaban atrás (40/11/10 de LaMelo o 37/8/5 de LiAngelo) comenzaron a causar actitudes de repulsa entre los jugadores del Vytautas, los cuales veían estos choques de exhibición como una distracción en lo que era su verdadera meta: la permanencia. Los años anteriores también habían sufrido para conseguir mantenerse, pero al final, debido a ser un bloque compacto, lo terminaban consiguiendo.

El GM me llamó a las 00:30 y me preguntó si me parecía bien que firmasen a los Ball. Les dije que hicieran lo que quisiesen y seguí durmiendo. Pero, cuando me levanté a las 7 al día siguiente, miré el móvil y deseé que no les hubieran contratado. Virginijus Šeškus, entrenador del Vytautas

Este, lo veían más lejos que nunca.

Clasificados en último lugar, no había lugar para experimentos de este calibre. Cámaras que seguían a los hermanos a todas partes: entrenamientos, partidos, hasta el hotel (Tomas Dimša, estrella del equipo, llegaría a declarar tras ser preguntado sobre ser parte del show que “no es bueno entrenar rodeado de cien cámaras. Deberíamos estar preparando el partido y contestando preguntas sobre ello, pero aquí estamos”); un padre que no hacía más que entrometerse en el trabajo de jugadores y cuerpo técnico buscando el favor de sus niños realizando declaraciones fuera de lugar (“hemos puesto Lituania en el mapa”, “Coach Šeškus ha tirado por la ventana nuestra amistad” [tras sentar a Melo]) llegando al punto de irrumpir en sesiones de entrenamiento tratando de imponer su peculiar idea de juego; y dos adolescentes recién llegados de Estados Unidos que no contaban todavía con la disciplina necesaria para jugar a ese nivel.

Todavía es muy joven y necesita tiempo para entender el baloncesto europeo, pero ya ha mostrado destellos y se ha metido a la grada en el bolsillo. Te podré decir más en un par de semanas. Virginijus Šeškus, el 9 de enero, tras el primer partido de LaMelo

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Vía AP Photo/Mindaugas Kulbis

Pero los partidos de competición doméstica, a cara de perro, no era a lo que estaban acostumbrados los Ball. Nada de uno contra uno en cada jugada, aclarados o defensas sin intensidad.

LaMelo, avezado a ser capitán general, a jugar alegre, a su libre albedrío y nada habituado a esfuerzos en campo propio, ve cómo su tiempo de juego respecto al espectáculo del torneo organizado por su padre se reduce considerablemente. Brillante en la parcela ofensiva, pues posee una excepcional lectura del juego pese a contar con una pésima selección de tiro en general, pero terriblemente ineficiente en defensa debido a su aún endeble físico y su mentalidad, forjada durante sus años en Chino Hills. Melo es valentía y desparpajo, descaro a espuertas, excediéndose en ocasiones en el número de botes deseables (unpurposeful dribbles), unas cualidades que quizás no casen demasiado con la filosofía del Viejo Continente. Es adaptarse o morir. Cuenta con un talento fuera de lo común (llegando a anotar cuatro triples en un minuto, a cada cual más inverosímil aún que el anterior, frente al Zalgiris), con un potencial de gran jugador NBA, pero, si no logra asentarse y cambiar su actitud, se quedará en un juguete roto como otros tantos que fueron antes. Él trabaja, se siente a gusto entre sus compañeros y ellos le cuidan. No obstante, es indispensable para él entrenar más aún en pos de merecer un puesto entre los mejores.

El caso de LiAngelo es distinto. Jamás ha disfrutado de tanta atención como sus dos hermanos y siempre se ha afirmado categóricamente que es el peor de los tres. Dando por hecho que no alcanzará la cota a la que puede llegar Lonzo, hace gala de una seriedad encomiable y que le puede abrir muchas puertas. Más disciplinado y adaptado que Melo, ha gozado de mayor cantidad de minutos merced a ser capaz de aprovechar sus virtudes: posee un gran tiro de tres puntos, lo que permite al equipo jugar rápido y abrir la pista. Además, cuenta con un excelente IQ al beneficiarse enormemente de su ventaja en el poste bajo con la mayoría de sus pares, por lo que anota con gran facilidad a pocos metros del aro (gracias también a un más que decente juego de pies). No obstante, es un jugador unidimensional: apenas aporta en otras parcelas del juego distintas a la anotación. Gelo ya ha mostrado públicamente su intención de ir a la NBA, pero las últimas informaciones apuntan a que no saldría elegido en el Draft del próximo junio, por lo que su carrera apunta inequívocamente a desarrollarse en Europa, donde podría desempeñar un gran papel.

Es un gran jugador. Si trabajase más en serio, al estilo lituano, Gelo tendría un futuro brillante por delante. Tiene buen tiro, es alto y no es malo defendiendo. Rimas Kurtinaitis

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vía USA Today

El gran showman

Show business como filosofía de vida. El polifacético LaVar Ball, bufón para unos y genio para otros, es la estrella de su show y el resto es mera comparsa. Mediante sus declaraciones logra que se hable prácticamente a diario del último clasificado en la liga lituana. Su influencia es tal que el club ha acordado partidos amistosos a mitad de temporada frente a equipos extranjeros (London Lions, Guangdong Tigers), llegando incluso a ponerse al mando del equipo en un encuentro del Big Baller Brand Challenge. En el club no tienen queja alguna sobre ninguno de los hermanos, pero el elemento que altera la ecuación es LaVar: interrumpe el desarrollo normal de una sesión de entrenamiento, intenta manipular al técnico a favor de sus hijos y ejerce una presión desmedida sobre ellos, probablemente consecuencia de un sueño inconcluso. Dos chicos que tan solo quieren disfrutar, pasárselo bien, no merecen tener a alguien continuamente detrás de ellos riñéndoles, recordándoles que tienen cámaras observándoles las veinticuatro horas y aludiendo al bien de su marca, porque eso es asunto tuyo, LaVar. Solamente tuyo.

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