Popovich

El golpe de Popovich

Reverenciado como a un gran sabio. Idolatrado como un modelo a seguir. Si Sócrates, Platón y Aristóteles tuvieron su Ágora, él tiene a San Antonio. Ese recinto sagrado, a salvo del tiempo, donde compartir su inagotable sabiduría. Es el arquitecto principal de una filosofía imperecedera, una que ejerce de modelo a lo largo y ancho del mundo deportivo. No hay dudas. De tener que nombrar a un entrenador que ha marcado la NBA del presente siglo, el nombre más apetecible, ese que salta inmediatamente al subconsciente, es el de Gregg Popovich.

Con todo merecimiento, el zorro plateado se ha granjeado el respeto eterno de la gente, como si su figura respondiera al ideal de ‘coach’. En nadie parecieran confluir mejor todos los soportes que conforman la disciplina: conocimiento táctico, gestión de vestuario, méritos competitivos (títulos), capacidad para maximizar el potencial de sus jugadores, y por último, pero no menos importante, compromiso con unos principios y unos valores determinados. Eso es así. Hace tiempo que resulta evidente.

Popovich

Expuestos los dos párrafos anteriores, que imagino convendremos en aceptar como cargados de una verdad ciertamente objetiva (cualesquiera que sean los criterios a considerar), uno no puede más que aventurarse a sumergirse en los orígenes de todo esto. Y al hacerlo, se topa de bruces con una paradoja curiosa: que la forma en que Popovich accedió al cargo, allá por el lejano 1996, contradice radicalmente todo lo que conocemos sobre el personaje. El suyo fue un caso paradigmático. Una de esas apuestas temerarias en las que quiso colocar, al filo mismo del precipicio, toda su credibilidad profesional y personal. El tipo de apuesta que, juzgada a toro pasado, no podría haber salido mejor, pero que en su momento levantó una polémica feroz.

Por tanto, y si les parece, vamos a rebobinar más de dos décadas en el tiempo.

Bob Hill siempre tuvo aires de profesor de alta escuela. Corte lacio canoso, gafas de intelectual y vestimenta distinguida. Siempre que las cámaras le enfocaban junto al banquillo, se le podía contemplar portando esos trajes sobrios, pero refinados. Sin poseer el aura de Riley, el de Hill respondía a un estilo más clásico. Académico. De hecho, entre la liga ya se había granjeado una fama como amante de los trajes caros, siendo ‘Versace’ su marca predilecta.

Como asistente, había aprendido a las órdenes de muchos: en Kansas de dos míticos como Ted Owens y Larry Brown; y ya en la NBA, de Hubie Brown en New York, Dick Versace en Indiana y Brian Hill en Orlando. Como entrenador jefe, su experiencia se resumía en un curso con los Knicks (reemplazando precisamente a Brown), y casi tres más en los Pacers (disputando la postemporada todos los años, aunque cayendo siempre en primera ronda). En cuanto a filosofía estructural, su enfoque principal siempre había sido el juego ofensivo. Fresco, solvente y dinámico, pero sin renunciar a cierto orden atrás. El estilo de Hill resultaba agradable desde un punto de vista académico, casi forjado a imagen y semejanza suya. La proyección en pista de su propia personalidad.

Popovich

Por otro lado, a mitad de los noventa los San Antonio Spurs se encontraban inmersos en una difícil encrucijada. Desde que David Robinson se incorporara al equipo para la temporada 1989-1990, siempre habían sido una escuadra de Playoffs, pero sin llegar a sobrevivir más allá de unas semifinales de conferencia (y cayendo en primera ronda la mayoría de las veces). Necesitaban un cambio, y eso que ya habían probado con prácticamente todo: Larry Brown, Bob Bass, el mítico Jerry Tarkanian (que resultó un fracaso estrepitoso) y John Lucas, antaño talentoso base que había superado sus adicciones para probar como entrenador en la mejor liga del mundo. El objetivo ahora, sin embargo, era tratar de dar un paso más allá; es decir, el de formar un proyecto que les convirtiera en ‘contenders’ reales. Atrás debía quedar su condición como secundarios.

En el verano/otoño de 1994, un tipo de origen y apellido balcánicos (padre serbio y madre croata), pero nacido y criado en Indiana, debutaba como ‘General Manager’ de los Spurs. ¿Su nombre? Gregg Charles Popovich. Serio, directo, abanderando esa disciplina marcial adquirida tras su paso por las Fuerzas Aéreas, y sobre todo, cargado de ambición. Así era su perfil. Sustituía en el cargo al mítico Bob Bass (que acompañaba a la franquicia desde su época en la ABA) con la intención de traer aires renovados. Ya había realizado sus pinitos como entrenador en la modesta Pomona-Pitzer, pero a nivel profesional, su experiencia se limitaba a la de mero asistente, tanto de Brown en la propia San Antonio, como de Nelson en Golden State. Poco más.

El primer objetivo de Popovich como GM fue el de atraer a Don Nelson, una especie de ‘totém’ del que había absorbido conocimiento como si fuera una esponja, y al que adoraba. Pero tras fracasar esa intentona inicial, puso rápidamente manos a la obra para trabajar en un plan B: contratar a Bob Hill, que además venía con el aval de alguien tan competente como Larry Brown. Bajo el mando en los banquillos de Hill, y el de Popovich en los despachos, los tejanos debían asaltar el título en aquella prometedora 1994/1995.

En un principio, las cosas salieron a pedir de boca. Los Spurs finalizaron ese curso ganando 62 encuentros, record de la franquicia hasta ese momento, y con un Robinson mostrando su mejor versión como profesional, logrando alzarse con el premio al jugador más valioso de la temporada. En torno al poderoso pívot, Hill había diseñado un equipo equilibrado, con gusto por el juego de transición (7º en ritmo), y que mostraba mucha solvencia en ambos lados de la pista (finalizarían top-5 tanto en eficiencia ofensiva como defensiva). Llegada la postemporada, sin embargo, aquel buque, en apariencia indestructible, comenzaría a tambalearse. Tras lograr esa visita a las Finales de Conferencia que se venía resistiendo desde hacía demasiado tiempo, sufrirían un duro mazazo ante los Houston Rockets, eterno rival territorial. Una serie que finalizó 4-2 a favor de los vigentes campeones, pese a partir los Spurs con ventaja de cancha, y que estuvo marcada por el duelo individual entre Olajuwon y Robinson. Enfrentamiento que, por cierto, pasaría a los anales de la historia por favorecer claramente al primero.

Popovich

A partir de ese preciso momento, empezarían a aparecer las primeras brechas. Las más profundas provocadas por esa bomba de relojería llamada Dennis Rodman, que completaba su segundo año en San Antonio reflejando la misma contradicción de siempre: su intachable rendimiento deportivo se veía empañado por sus constantes faltas de disciplina. Si acaso era en la ciudad tejana donde su temperamento se había soflamado más que nunca.

” …esa ciudad para blanquitos y conservadora de mierda”.

Así la llegaría a definir en su famosa autobiografía titulada “Bad As I Wanna Be”, cuya primera edición se publicaría en 1996. Para entonces, Rodman ya vestía la indumentaria de los Chicago Bulls, fruto de un traspaso, a pelo, por un jugador de dudosa calidad como Will Perdue. Operación gestada, diseñada y patrocinada por Gregg Popovich.

En aquel libro, Rodman, fiel a su esencia, y con muy contadas excepciones, destriparía sin piedad a todo bicho viviente. Centrando los ataques más enconados en dos figuras concretas: Robinson y Popovich. Del primero cuestionaba seriamente sus dotes como líder, y del segundo denunciaba su proceder déspota en la organización. Era como si la tinta destinada al ‘General Manager’ supurara rencor, fruto de una herida que, lejos de sanar, se había infectado hasta su raíz.

“Esos tipos en San Antonio pueden besarme el culo, especialmente Gregg Popovich. Quiso joderme cada vez que pudo. Siempre pretendió meterme en vereda, y cuando se dio cuenta de que yo no iba a ser su ‘cachorrito’, se dedicó a ensuciar mi nombre por toda la NBA. ¿Y a cambio de qué? De Will Perdue, no te lo pierdas. Si hubiera mantenido su bocaza cerrada, es posible que hubiera conseguido algo mejor a cambio. Lo triste es que puede que creyeran de verdad que iban a ser mejores con Perdue. Dijeron que encajaba mejor con el equipo – en sus cabezas – porque es más familiar. No sale por ahí y hace las cosas que hago yo. Hará lo que quieran que haga, cuando le digan que lo haga, y en resumen, eso es lo que quieren en esa ciudad para blanquitos y conservadora de mierda.”

Y añadía:

“Quitando los Playoffs, yo nunca tuve ningún problema con Bob Hill. Le estaban utilizando tanto como a mí. Popovich quiso pasar a la historia como el tipo que dominara a Dennis Rodman, y siempre utilizaba a Hill para hacerle el trabajo sucio. Ese era el gran desafío de Popovich. Don Militar quería convertirme en un soldadito obediente, en un buen chico. Perdió perspectiva de todo lo demás, y cuando decidió que no podía hacer nada conmigo, me puso verde y me regaló a cambio de nada. Luego quiso pretender que era lo mejor para el equipo.”

De hecho, aquella idea aparecería de manera redundante a lo largo de su diatriba:

“Después del traspaso, algunos de mis viejos compañeros en los Spurs empezaron a apuñalarme por la espalda. Siempre alucino con la forma en que funciona esto. Un tipo se deja la piel por el equipo, y cuando le traspasan o le echan, un grupo de gente empieza a echar mierda sobre él, a decir lo mala persona que era y lo poco que hizo por el grupo. En otras palabras, empiezan a largar cosas que jamás te dirían a la cara. Pero si pretenden hablar mierda de mí, yo también voy a decir las cosas como son. David Robinson dijo: ‘Para nosotros esto fue como un zoo el año pasado. Algunas veces sentí que es como si estuviera en Hollywood. Ahora somos un equipo de baloncesto otra vez’. ¿Qué pasa? ¿Qué no éramos un equipo de baloncesto cuando yo estaba allí? ¿No éramos un equipo de baloncesto cuando conseguimos el mejor record de la NBA y llegamos hasta las Finales de Conferencia? Supongo que ahora Robinson cree que son un equipo porque tienen a Will Perdue. Eso es tan jodidamente estúpido que ni resulta gracioso. Quizá serían más como un equipo si Robinson no se acojonara cada vez que juega contra un equipo importante. Debería empezar por ahí si pretende construir un equipo.

Después del traspaso, Chuck Person sale diciendo: ‘En términos de química, siento que ahora estamos mejor. Ahora todos llegan a tiempo y son responsables’. Bueno, Chuck, eso es jodidamente perfecto si pretendes llevar un campamento para Boy Scouts. Entonces sí está muy bien ordenar a todos en fila, hacer que vistan sus uniformes y que juren la bandera. Pero, como muy bien sabe David Robinson, estamos hablando de un equipo de baloncesto. ¿Qué quieres de un equipo de baloncesto? Todo el mundo en hora, sonriendo en el vestuario, abrazando a sus mujeres…¿O quieres a un jugador que sepa cómo ganar y que te enseñe cómo llegar hasta la cima?”.

Popovich
(NBAE via Getty Images)

En todo caso, y pese a la descarga de Rodman, los Spurs no retrocederían demasiado para la temporada 1995-1996. Volverían a rozar las 60 victorias en liga regular, volverían a mostrarse como una escuadra de élite en ambos lados, y volverían a jugar los Playoffs. Aunque esta vez, eso sí, caerían en semifinales ante los Jazz de Stockton y Malone, emparejamiento este último en el que habría resultado de notable utilidad Rodman (que vivía un renacer competitivo en los imparables Bulls de Phil Jackson). Un año más, y ya fuera por los motivos que fuera, los San Antonio Spurs volvían a mostrarse incapaces de pelear seriamente por el título.

Si el primer fracaso personal de Popovich, en condición de ‘general manager’, había sido su incapacidad para gestionar un ego complicado (allí donde previa y posteriormente habían triunfado Daly y Jackson), el segundo terminaría por cimentar la polémica. Una segunda decisión que, como ya adelantábamos al inicio de esta pieza, puso en serio riesgo toda la credibilidad que en ese momento pudiera tener.

Abriendo el curso 1996-1997, llegaría la peor noticia posible para la franquicia. Durante un amistoso de pretemporada disputado ante Houston, y fruto de un choque fortuito, la espalda de Robinson gritaría basta. Un llanto de dolor que se venía incubando desde hacía mucho tiempo, pero cuya punzada final aterrizaba en el peor momento posible. El diagnóstico, por tanto, estaba muy claro: su jugador franquicia, inicio y fin del equipo, se perdería los veinte primeros partidos de la temporada regular. Como mínimo.

Así pues, los Spurs abrirían el nuevo curso con un record de 15 derrotas por tan solo 3 victorias. El peor arranque en mucho tiempo. A la baja de Robinson, que ya resultaba catastrófica de por sí, había que sumárle los problemas físicos de piezas clave como Sean Elliot, Chuck Person, y el declive de un perímetro antaño fiable compuesto por Avery Johnson y Vinny Del Negro. Bajo un panorama tan negro, Bob Hill debía fiar el destino de los suyos a la creatividad individual de Dominique Wilkins, fichado ese mismo verano y que ya peinaba 36 tacos. Algo a todas luces insuficiente.

En la víspera del 10 de diciembre de 1996, y con un partido ante los Phoenix Suns en el horizonte, David Robinson recibiría el alta médica y el permiso para reincorporarse a la disciplina de inmediato. El almirante en jefe de las espuelas iba a regresar. Los nubarrones se despejaban y parecían dar paso a un sol radiante. Todo volvía a cobrar sentido.

Frente a las instalaciones donde entrenaban los Spurs se situaba ya el autobús del equipo, con todos los jugadores en sus asientos, dispuesto a marchar hasta Phoenix. El ambiente respondía a la tradición de siempre: sereno, cercano y familiar. No obstante, con el paso de los minutos un run run molesto empezó a apoderarse del bus. Cuerpo técnico y ejecutivo, habitualmente devotos de la puntualidad, se estaban retrasando demasiado. No era lo habitual en ellos, ni mucho menos. Algo pasaba.

Más arriba, en los despachos, Bob Hill acudía a la llamada de Popovich, como esperando una renegociación de su contrato antes de poner rumbo a Phoenix. La relación entre ambos siempre había sido muy buena. Más allá de la convivencia profesional, había surgido entre ellos cierta complicidad personal. De edades e inquietudes similares, no era raro que celebraran barbacoas en casa de uno u otro, con sus respectivas mujeres acudiendo al encuentro para pasar una velada agradable. Si en otros contextos la relación entre GM y entrenador resultaba tensa, este no era ni mucho menos el caso. Aquella tarde, sin embargo, algo cambiaría para siempre.

Tras apenas unos poco minutos de charla, y dando un soberano portazo, Hill saldría maldiciendo su suerte y la del tipo situado al otro lado de la puerta. Indignado por la noticia, había sido incapaz de ver el golpe de estado que se estaba fraguando a sus espaldas. Sencillamente, no podía ni asimilarlo. Aquella tarde, y en la víspera del regreso de David Robinson, Bob Hill era despedido como entrenador de los San Antonio Spurs.

¿Su sustituto? El propio Gregg Popovich, en decisión acordada con Peter Holt, ‘chairman’ de la franquicia tejana.

Popovich

Pocos minutos después, y en un alarde de compostura, Pops bajaría en persona hasta el autobus para comunicarle la decisión a los jugadores, abrocharse el cinturón, y poner rumbo a Arizona ocupando el antiguo asiento del entrenador. Sin más miramientos. En un principio, la noticia fue recibida con un silencio glacial por parte del equipo. Finalmente roto, tras un largo estrago, por el veterano Wilkins:

“¡Tú estás de coña!”

Días más tarde, el propio Dominique añadiría:

“Yo creí que era una broma. Creo que es muy desafortunado que algo como esto tenga que ocurrir. Hill había hecho una labor muy buena los dos últimos años. Este año estaba frustrado, pero al igual que todos nosotros.”

Por su parte, David Robinson, eterno jugador franquicia y cocapitán junto a Avery Johnson, tampoco dudaría en expresar su visión del asunto:

“Honestamente, no estoy de acuerdo con la decisión. Bob siempre me trató bien, nunca tuvimos ningún problema. Me encantaba su amor por el juego. Era meticuloso. Hizo un gran trabajo. En estos casos siempre se mira al entrenador, pero…¿es culpa suya que tengamos un record de 3-15? Nuestro trabajo es salir ahí y jugar duro. De todas maneras, no me corresponde a mí tomar este tipo de decisiones.”

También Avery Johnson, líder emocional del grupo, ofrecía su opinión:

“Nadie de este equipo se ha sentido tan unido a Bob como yo. Hablábamos mucho. Me comentó varias veces en las últimas semanas que existía cierta especulación en torno a su futuro. Pero sinceramente, creo que nunca se imaginó lo que se le venía encima de verdad.”

Aquel partido ante los Suns, que alumbraba el debut como entrenador profesional de Popovich, se saldaría con una gris derrota (76-93). Un encuentro que no tuvo mayor historia en términos deportivos, y que si acaso mostró la total inoperancia ofensiva de los visitantes. Al término mismo del duelo, la mayoría de periodistas se congregarían en torno a Pop para realizarle la misma serie de preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué ahora? Y, sobre todo, ¿Por qué tú?

“Esta no es una decisión que se ha tomado a la ligera. El hecho de que coincida con el regreso de David es mera casualidad. Todavía estoy intentando entender por qué resulta tan alocado esto que he hecho.”

Contaría Popovich al Sun-Sentinel, como buscando justificarse ante las feroces críticas que ya arreciaban.

Pero lo peor todavía estaba por llegar. Apenas cuatro días despues, en un enfrentamiento ante Dallas, el enigmático Popovich volvía a debutar como entrenador jefe, pero esta vez en condición de local. Y aunque la narración de aquel suceso puede generar incredulidad entre los que llevan poco en el negocio, y mucho menos viendo lo conseguido tantos años después, lo cierto es que ocurrió. Por todos los rincones del Alamodome, antiguo recinto de los Spurs, podía divisarse a aficionados portando carteles que emitían un mismo mensaje:

“El problema no era Hill, Pop debe irse.”

“Quiero a mis Spurs, pero no a Pop.”

“Traed de vuelta a Bob.”

Y uno que mezclaba, de manera bastante creativa, indignación con ironía: “Salvad a los Spurs, llama al 1-800-Bob Bass, preguntad por Doug Moe.”

Iniciado el partido, y con ambos equipos ya en cancha, una atronadora lluvia de silbidos inundaría el pabellón al anunciarse el nombre de Gregg Popovich por megafonía. Tanto que hasta Stan Kelly, anunciador de los Spurs por aquella época, emplearía una táctica muy clásica, en pos de mitigar el efecto de los abucheos: pronunciaría el nombre de Popovich en un tono muy bajo, dejando que fueran los aplausos a Robinson los que camuflaran y engulleran aquella triste sintonía.

Lo cierto es que la forma de acceder al cargo que había escogido Popovich, intencionada o no, fue la comidilla de la NBA durante muchos meses. Incluso traspasaría cualquier frontera imaginable. Sin ir más lejos, en la emisión, vía Sportmania, de un San Antonio – Chicago disputado en marzo, Andrés Montes y Antoni Daimiel comentarían con cierta sorna lo ocurrido:

Por si fuera poco, y para añadir más leña a un fuego ya incontrolable, Robinson se fracturaría el quinto metatarsiano de su pie izquierdo tan solo seis partidos después de su regreso. El enésimo contratiempo que, esta vez sí, le causaría baja definitiva para toda la temporada. Francamente, nada podía ir ya peor en territorio espuelas. Nada.

De tal manera que, después de todo, los Spurs cerrarían el curso con un pírrico record de 20 victorias y 62 derrotas, esquivando los Playoffs por primera vez en siete largos años. Para rematar la faena, en marzo/abril de 1997, el medio local ‘The San Antonio Express-News’, realizaría una encuesta a todos los aficionados de los Spurs, buscando sondear a la masa social en torno a los problemas que más afectaban a la franquicia.

Un 92 % de los encuestados querían ver a Gregg Popovich despedido. Inaudito.

Pese a todo, la llegada de Pop no debe interpretarse solo en términos meramente negativos. Con independencia del record cosechado, en una temporada que a la postre se demostraría de transición, el genio de Indiana empezó a plantar ya entonces las semillas de una cultura que acompañaría al equipo para siempre. Para empezar, un énfasis renovado en el esfuerzo defensivo, en la solidaridad colectiva, y sobre todo, en tratar de inflamar el espíritu competitivo de los suyos (de cara, más que nada, a la postemporada).

En términos tácticos, Popovich empezó por construir la nueva casa empleando la estrategia de la simplificación, esa que se persigue con tanto ahínco en matemática. Por ejemplo, en los entrenamientos comenzó dibujando 4-5 jugadas a lo sumo, para no sobrecargar en exceso las mentes de sus jugadores, y permitirles ir creciendo en torno al sistema poco a poco. De manera gradual. Stephen Howard, que disputaría tan solo siete encuentros con los Spurs en aquella temporada 96/97, explicaría bien el proceso vivido por Popovich:

“El suyo no fue un caso de agarrar a los Spurs, y de un día para otro, empezar a mover, compartir la bola, y todo eso. Como con cualquier otro entrenador, debe existir una evolución. En absoluto Popovich ya era, en su primer año, el tipo que es ahora. Tuvo que crecer como entrenador.”

Popovich

En lo personal, mano dura y disciplina, emulando la escuela de Sloan, pero siendo también justo. Trataba de acercarse a sus jugadores de maneras diversas, en pos de construir relaciones que les favorecieran en lo deportivo. Por ejemplo, Jamie Feick, miembro también de aquellos Spurs, cuenta que, de todos los entrenadores que tuvo, solo Popovich se ofreció a sacarle a cenar. Un gesto nada habitual, y que revelaba flecos de humildad en un personaje juzgado en términos inversos.

Al final, el elemento que verdaderamente le permitiría potenciar e instalar su filosofía todavía no había llegado. Lo haría pocos meses después, vía draft, al permitirle escoger con la primera posición (tras un golpe de suerte en la lotería), al mejor jugador en la historia de la franquicia: Tim Duncan. Ahí es donde comenzaría verdaderamente la reconquista de su imagen pública, hasta desterrar todo atisbo de duda dos años después, en 1999, con la consecución de su primer título.

Por su parte, Bob Hill, daño colateral del proceso, pasaría hasta nueve años alejado de la liga, aún traumatizado por la experiencia e incapaz de digerir lo frío que puede resultar este negocio. Cuando decidió volver a ejercer de entrenador, esta vez con los Seattle SuperSonics, no desaprovechó la oportunidad para cobrarse viejas cuentas en su visita a San Antonio.

“Le conozco demasiado bien. Sé cómo es detrás de las cámaras. He estado en muchas reuniones con él. La única manera que tiene de justificar lo que hizo es pintarme como una especie de…monstruo. Que era difícil trabajar conmigo o lo que fuera. Todo mentiras. Básicamente, me la jugó y siguió mintiéndome, y a la primera oportunidad que tuvo, se deshizo de mí.”

Contaría a la prensa local. Curiosamente, un discurso calcado al expresado por Rodman en su libro, tantos años atrás.

Han pasado más de dos décadas desde aquello, y lo cierto es que ya nadie puede dudar de lo bien que salió la jugada. Los Spurs han ganado cinco anillos desde entonces, han superado las +50 victorias en liga regular todos los años (o en términos porcentuales, si consideramos el curso del ‘lockout’), y a título personal, Gregg Popovich ha sido nombrado Mejor Entrenador del Año hasta en tres ocasiones (record histórico junto a Don Nelson y Pat Riley). Esa es la paradoja.

Y es que, como dijo en su momento el famoso psicólogo y escritor, Phil McGraw, archiconocido personaje televisivo que actúa desde el alias ‘Dr.Phil’ para el programa de Oprah:

“A veces tomas la decisión correcta, y en otras haces que la decisión sea correcta.”

Que se lo digan a Popovich. Le salió redondo su gran golpe.

Anuncios

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.