Ibrahimovic

El peso de todo un país

Quizá no es estrictamente casualidad que en 1981 Suecia viviera el anuncio del fin de ABBA. Es difícil mirar hacia arriba en el mapa de Europa y encontrar un fenómeno cultural a la interna de tal envergadura como lo fue el grupo sueco. Casi cuarenta años después es sorprendente entrar a un supermercado en Göteborg, a un centro comercial en Malmö o a un bar en Estocolmo y no cruzarte de fondo con alguno de sus éxitos. Dicen que cualquier niño sueco de los ochenta creció con el ADN Abba implícito en él, y no mienten. Zlatan Ibrahimovic nació en 1981 y, aunque nadie lo viese venir, sería precisamente el bote salvavidas de la cultura de ídolos en Suecia.

Cuesta trabajo imaginarle con el ADN ABBA corriendo por sus venas, pero que a nadie le quepa duda de que, aún hoy, ‘Ibra’ escucha Dancing Queen antes de algún partido crucial.

Ibrahimovic
Zlatan Ibrahimovic en el Malmö FF / *1996-2001

La globalización ha atacado especialmente en el plano cultural a los países que, como los escandinavos, han apostado por políticas socialdemócratas y por una pragmática mimetización con el mundo (o sea, con los mercados). Pérdida de identificación colectiva, crecimiento desde el plano individual y un escandaloso proceso de invasión del inglés en detrimento del svenska. La ideología liberal hace sus deberes a la hora de deconstruir el plano pasional colectivo del ser humano… hasta que choca con el fútbol. Religión y pelota son los dos muros que se hacen infranqueables para el capitalismo cultural. Y a veces, gracias a Dios, se hace difícil distinguir el segundo del primero.

Hoy más que nunca se hace imprescindible gente como Ibrahimović. Se hace crucial disponer de ídolos, de figuras individualmente capaces de emocionar y de servir de referencia. Hacen falta iconos que resistan ante una continua propaganda que nos empuja a deshacernos del lazo comunitario más básico: la nación.

Es especialmente grave escuchar a niños suecos hablando en inglés entre ellos, pero sí, ya está pasando. No pasa al salir de la academia, pasa en la cotidianidad. Sucede que la globalización esconde una cara que desde el progresismo mundialista bien se esconde, bien se asimila como un rasgo positivo. A esto se contribuye desde todas las esferas de la comunicación y de la construcción de sentido común, y los países en espacio satélite de Estados Unidos han cogido una dirección en la que dificilmente se podrá dar la vuelta cuando sea demasiado tarde.

Por hacer un paréntesis que ilustre lo que se está comentando, dejaremos un segundo a Ibrahimović y a Suecia de lado y mantendremos los pies en nuestro país un momento. Es inaceptable que nos hayamos explicado a nosotros mismos (y lo hayamos comprado) que el presidente de España tiene que saber inglés porque si no, hace el ridículo. Y lo peor no es que este relato lo compren los intelectualillos que definía Gramsci o las televisiones privadas. Lo peor es que lo compran los partidos que son referencia de la izquierda. Lo compran los referentes sociales y políticos que por la mañana ponen en duda la viabilidad del proyecto europeo y la sostenibilidad del capitalismo globalizado a largo plazo, y por la tarde disfrutan viendo cómo la hegemonía estadounidense colapsa y destruye la cultura de su tierra. Y voy un paso más allá. Lo preocupante es que sólo hay una corriente política que ha hecho, en su conjunto, este análisis. Y ya sabemos de quiénes estoy hablando.

Y tú te preguntarás: ¿qué tiene que ver Zlatan Ibrahimovic en todo esto?

Ibrahimovic
Suecia – Grecia (Euro 2008), vía Sydsvenskan

Ibra ha supuesto ese icono nacional que, por su esencia, pugna con la hegemonía globalista por constituir el centro de referencia. Alrededor de él se generó desde el principio en Suecia un aura mística, como la que envuelve a cualquier ídolo de masas. Pero el fútbol no es la música ni el cine. Al fútbol hay que adherirse, el futbol exige un cierto compromiso moral desde la parte pasiva. Y Zlatan Ibrahimović hacía imposible no ejercer ese compromiso. Teñía subconscientemente de amarillo y azul a mucha gente en uno de esos países donde adaptarse al sistema mundialista conlleva necesariamente perder una parte de tu identidad y dejar de verte en el espejo como parte de un todo.

Por eso hablamos aquí de él. Para evidenciar, en contra del discurso liberal, que se hacen hoy más necesarios que nunca las figuras icónicas, los ídolos nacionales y la pasión irracional. Porque sin esa irracionalidad es imposible desarrollar lazos colectivos que superen al propio Estado. Y sin esos lazos, es imposible tejer redes de resistencia a los continuos ataques que sufrimos por parte del sistema.

Que queramos a nuestro pueblo como Suecia quiere a Ibrahimovic.

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