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Entrevista a Eloy Iglesias: «El boxeo te enseña educación y respeto»

Ningún deporte tiene tanta literatura como el boxeo. En el cuadrilátero confluyen miseria y grandeza para dar forma a un relato de orígenes humildes y destinos ambiciosos. Pero al final, son dos personas pegándose hasta que uno derriba al otro. O hasta que alguien noquea sus prejuicios.

Hace tiempo que Eloy Iglesias decidió hacerlo. Su sonrisa rehúye los estereotipos del macarra que se sube al ring para destapar sus instintos más primarios. Te recibe alegre, en un bar del barrio zaragozano de Santa Isabel y con un apretón de manos, eso sí, algo forzado. No está acostumbrado a dar la izquierda, pero su derecha está fracturada del último combate. “Me duele como a todo el mundo”, asegura, aunque por su expresión cueste creerlo.

El campeón de España de pesos ligeros dice también que es una persona normal y con los pies en el suelo. Nadie lo diría por su palmarés ni su proyección internacional, hasta que su día a día confirma lo contrario. Porque a sus 27 años, cuando no está arreándole golpes a un saco, trabaja de gerente en la pescadería de su padre.

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El Periódico de Aragón | Toni Galán

Eloy se levanta a las tres de la mañana, a las tres y media le recogen en casa y hasta el mediodía no está de vuelta. Come, se echa la siesta y pone rumbo al gimnasio para una sesión de entrenamiento de dos horas. “Es duro, pero es lo que hay”, dice. Es lo que hay porque él quiere, porque para él siempre ha sido una pasión y nunca un trabajo. Desde joven fue consciente que del boxeo lo único que podía hacer era malvivir. Así que se puso el mono de trabajo.

“Me acuerdo de una conversación con mi padre”, relata. “Yo sacaba muy malas notas y me dijo que aquí o se estudia o se trabaja, que no quiere gansos en casa. Le contesté que iba a entrar en el equipo olímpico español y se echó a reír”.

Sin embargo, a los 16 años Eloy se convirtió en el seleccionado más joven del equipo olímpico español. En 2009, recién cumplida la mayoría de edad, se convertiría en el púgil más joven en obtener una licencia profesional.

  • ¿Por qué el boxeo?
  • No lo decidí yo, fueron las circunstancias. Me lo recomendó el profesor del colegio cuando tenía 11 años. Me dijo que era un chico muy nervioso y que tenía que hacer un deporte de contacto. Me apunté a kárate, pero justo en la sala de al lado había boxeo, y yo les veía como superhombres. Quería ser como ellos.

Reconoce que a su familia al principio le hacía gracia, pero cuando empezaba a haber sangre de por medio, ya no tanto. Ya era demasiado tarde. “Era como una droga, estaba enganchado”, añade.

Un vicio en el que su padre se convirtió en cómplice. “Yo soy el que me subo al ring, pero es él quien me da la oportunidad”, afirma. Da gracias a Dios por que en medio del huracán el negocio de su padre vaya bien. Es supersticioso, así que termina la frase tocando la madera de la silla que tiene al lado.

Se declara afortunado porque puede pedirse un mes y medio de vacaciones para prepararse un combate. Se va a Madrid, con su entrenador Fernando Urbina, a refugiarse en un gimnasio para hacer justicia al noble arte. A las siete de la mañana ya ha salido a correr, a las once ya está en la lona, luego descansa y vuelve a bailar sobre ella a las seis de la tarde. En total seis horas de entrenamiento espartano que le llevan al límite físico y mental.

  • ¿Qué es lo más duro?
  • La parte mental, la gente no se lo puede ni imaginar. Salir a un combate, que suene la campana y que por ejemplo, notes un crujido, que te abren la ceja, que se te ha roto la nariz, que te han perforado el tímpano. No te queda otra que creer en ti mismo y que decirte a ti mismo que puedes aguantar ese combate.

Porque el boxeo no es como el fútbol, tu rendimiento no está respaldado por tus compañeros. “En el ring estás tú solo”, asevera. Una realidad que le ha forjado en la confianza y en la disciplina. La misma que le obliga a quitarse el cinturón de campeón cada madrugada para ser uno más en la pescadería. Lo que a los demás les llama la atención para él ya es rutina.

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boxeodemedianoche.com

Trabajar en la pescadería me ha ayudado a ser mejor boxeador, pero sobre todo, a mantener los pies en el suelo”, explica. Insiste en que de cualquier cosa se pueden sacar cosas positivas y aprender. Otros no pudieron, pero porque no estaban tan bien rodeados como lo está Eloy. Sus padres, su mujer, sus amigos, todos han contribuido a que nunca dejase de mirar hacia delante.

El esfuerzo que realiza para compaginar ambas tareas las justifica en que el futuro siempre es incierto. Sin embargo, hubo cosas que él siempre tuvo claras. Como cuando a los 11 años su profesor le mandó hacer una redacción sobre lo que quería ser de mayor. Él era entonces el gordito de la clase y sabía que las risas de sus compañeros eran algo factible. No le importó. “En esa redacción, con un año boxeando, escribí que quería ser boxeador, pero también pescatero, como mi padre”, recuerda. “Todos se rieron, tengo esas risas clavadas en mi cabeza, y yo ahora lo entiendo, pero a ver quien se ríe ahora…”

Eloy Iglesias se define como un boxeador inteligente. De esos, que según él, prefieren golpear dos veces y no recibir ninguna a golpear diez y recibir cinco. Su modesta descripción choca contra las crónicas de los medios especializados, donde se etiqueta al púgil aragonés como un luchador feroz en la corta y media distancia. Ágil, intuitivo y con una velocidad endiablada para conectar golpes.

Todo, o casi todo, se lo ha enseñado José Ramón Escriche, un histórico del boxeo aragonés. Su padre, Benito Escriche, fue amigo y protector de Perico Fernández, y el culpable de que José Ramón creciese viendo a la leyenda del ring como uno más de la familia. Esa pasión por el cuadrilátero pronto se la trasladó a Eloy, pulido en las entrañas del gimnasio Kiobox.

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Heraldo de Aragón

El cinturón nacional marcó un punto de inflexión. Una vez conseguido el que era su sueño, fichó por el promotor MG BoxSpain y se puso a las órdenes de Fernando Urbina, su actual entrenador. Hasta hoy, su carrera profesional se ha saldado con 18 victorias (cuatro por K.O.), cuatro derrotas y dos empates técnicos.

  • ¿Te obligó el boxeo a madurar?
  • Sí, mucho, porque tú el boxeo lo puedes aplicar en la vida. Todos tenemos momentos difíciles, como en un combate. No puedes tirar la toalla, hay personas que lo hacen y otras que le echan huevos y tiran hacia adelante.

En este mundillo se dice que el boxeador sube al ring a “jugarse la salud”, como frase recurrente para evitar decir que va a jugarse la vida. Eloy lo sabe de primera mano. Mientras aprovecha para volver a tocar la madera de la silla para agradecer la ausencia de lesiones graves, recuerda como otros compañeros no han tenido la misma suerte. Era poco más de un adolescente, cuando en un mismo mes, vio como tres compañeros de su quinta tenían accidentes. “Uno estuvo en coma y no volvió a ser el mismo”, detalla. El zaragozano peleaba al mes siguiente y hasta que su oponente no le machacó en el primer asalto, no pudo quitárselo de la cabeza.

Ni siquiera la pescadería ha mantenido a Eloy lejos de la cara más amarga del boxeo. Aquella que te obliga a dejarlo todo durante meses para no alcanzar los 3.000 euros por un combate. Aquella que lleva a tu cuerpo al límite para pelear, con suerte, más de dos veces en un año. Las cicatrices parecen lo de menos cuando lo das todo para tener tan poco a cambio.

Vuelve a hablar de fortuna para describir su pasión. Porque él ya no entiende el boxeo sin la idea de poder compaginarlo con su trabajo normal. “El deporte al final es un negocio”, explica, “y hasta que las grandes empresas no apuesten por él, todo va a seguir igual”. La resignación no se apodera de Eloy porque él ha visto que fuera hay otras realidades bien distintas.

Porque el año pasado su brillante trayectoria le condujo a Italia. Tras defender su cinturón nacional, se le dio la oportunidad de pelear por el cinturón internacional de la IBF (Federación Internacional de Boxeo) ante Gianluca Ceglia. La velada era en Nápoles, y aunque se fue con la derrota por puntos, vivió una experiencia inolvidable. “Me trataron como si fuese un futbolista, como un campeón”, declara. Aquí te tienes que buscar la vida, fue aterrizar en España y bajar la cabeza”.

Eloy Iglesias recuerda sus viajes por Europa y Cuba con la ilusión de un niño. El boxeo le ha regalado cosas más importantes que el dinero, pero sabe que se llega a un punto en el que ineludible. “He tenido que rechazar peleas en Las Vegas porque se estaban riendo de mí”, asegura. Hay cantidades, y circunstancias, por las que no merece la pena luchar, y menos cuando eres un padre de familia y tienes un trabajo estable.

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AEBOX

La falta de profesionalización y de estrellas nacionales no ha sido obstáculo para el boom de los deportes de contacto en nuestro país. Él es consciente del fenómeno, aunque lo achaca a que las personas “somos como ovejas”. Culpa a los famosos, a los bloggers e influencers, pero también les da las gracias. “Yo en el fondo lo agradezco”, matiza, “ayuda a su visibilidad y es una actividad física muy completa”.

  • ¿Qué le puede aportar el boxeo a un adolescente?
  • Sobre todo educación y respeto. Cuando tú entras a un gimnasio, tú entras sin saber nada y te tienes que dejar ayudar. Cuando tu te subes al ring y empiezas a hacer sparring, la persona que tienes enfrente te está respetando, tú eres el que no sabes. El día de mañana en la calle, en el trabajo o en clase, recuerda que a ti te respetaron cuando entraste por primera vez.

Las palabras de Eloy quizá no estén a la altura de las narraciones de Hemingway, los relatos de Norman Mailer, las crónicas de Gay Talese o de cualquier otro escritor prendado del cuadrilátero, pero se expresan con la misma contundencia que un derechazo de Perico Fernández.

Cuando se quita la camiseta y se enfunda los guantes para pelear, el pecho de Eloy Iglesias es un lienzo que reza “El orgullo es un arma”. La misma que le ha permitido demostrar su valía a todos aquellos que dudaron de él, de aquel chaval hiperactivo y algo pasado de peso que quería boxear y ayudar a su padre en la pescadería. Ambas cosas las ha conseguido. “Todo es creer en ti mismo”, sentencia. “Sea un objetivo laboral, personal o deportivo”.

Eloy ha utilizado el boxeo para todos ellos. Sí, también en el personal. Sólo la pasión puede despertar la idea de pedirle matrimonio a la que ha sido tu novia desde los 12 años en un ring. Lo hizo tras proclamarse campeón de España por primera vez. Dijo sí. Dos sueños cumplidos.

Porque para Eloy el boxeo siempre ha sido el camino. Y lo seguirá siendo, aunque no sabe por cuanto tiempo. “Cuando éramos unos niños, le decía a Marta (su mujer) que mi sueño era ser campeón de España”, recuerda. “Ella me decía que si era eso lo que quería, que fuese a por ello sin miedo, sin importar lo que dijese la gente”. Lo consiguió, pero después llegó la oportunidad de pelear en la mítica Cubierta de Leganés. Lo hizo, pero después le dijeron de luchar por un título internacional en Italia.

Y así hasta hoy, con los guantes enfundados, la cabeza alta y los pies en el suelo. O en la pescadería.

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