Kerouac

Amistad y asfalto

“Se lo ha comido el perro”. Con esta nota manuscrita acababa abruptamente el rollo mecanografiado original de “En la carretera”. Treinta y seis metros ininterrumpidos de papel escritos sin a penas correcciones, fruto de un éxtasis de veinte días entre el dos y el veintidós de abril de 1951. Jack Kerouac (no sin la más que probable ayuda de multitud de drogas) plasmaba su gran aventura a una velocidad de más de cien palabras por minuto. Escribía rápido, tan rápido como la carretera. No había espacio ni tiempo para márgenes, puntos y a parte o para pararse a pensar en las reglas gramaticales. Como consecuencia, el relato se desarrolla con un ritmo frenético, histérico. Kerouac tecleaba sin parar.

Así lo había aprendido de Neal Cassady, aquel extraño joven, apuesto y sagaz, que irradiaba energía por cada uno de sus poros como si de una auténtica estrella en combustión se tratase. Aquel al que todos escuchaban como a un profeta cuando hablaba. Su amigo, su compañero durante miles de kilómetros.

Con toda certeza ninguno de los dos sospechaba el viaje que habrían de recorrer juntos cuando Neal abrió la puerta de su apartamento neoyorquino semidesnudo para encontrarse con Jack. Tampoco se imaginaban que aquella escena quedaría inmortalizada en la más influyente novela de la generación beat estadounidense. La que Kerouac escribiría con delirio cuatro años más tarde.

Kerouac

En la carretera está plagado de referencias y multitud de colectivos la han interpretado para beneficio de su propia causa. Ha sido un instrumento de liberación sexual y social y un icono de la juventud estadounidense durante décadas. Pero si es algo por encima de todo es una novela sobre amistad y vida. Un manifiesto melancólico de libertad representado sobre la Norteamérica más cruda y encorsetada, que aún cargaba con el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial en la memoria.

Pero nada importan las cadenas y convenciones cuando estás en el camino. Cuando ves al mundo empequeñecerse y desaparecer en el retrovisor. Solo importa la carretera y la velocidad con la que los kilómetros y los momentos se precipitan sobre el asfalto. Todo es pasajero y todo fluye en un viaje que nunca acaba.

No obstante, pese al trepidante ritmo de los acontecimientos que relata, en la novela encontramos reposados oasis en los que podemos intuir lo que sucede realmente dentro de su protagonista y escritor. Sobre él sobrevuela siempre una profunda tristeza que solo asciende a la superficie en contadas ocasiones. “Acababa de recuperarme de una enfermedad de la que ahora no me molestaré en decir salvo que tenía que ver con el hecho de que mi padre hubiera muerto y mi espantosa sensación de que todo había muerto”. Estas palabras escritas en las primeras líneas pesan como una losa muda sobre el resto del relato y sus ecos resuenan cada vez que Kerouac hace referencia a su honda y lacerante soledad durante el fluir fugaz de aquel rollo kilométrico.

Y de ese vacío insalvable floreció la amistad con aquel muchacho huérfano y errante que era Neal Cassady. Vacíos e incompletos como ambos se sentían forjaron una improbable relación basada en una constante huida hacia adelante. Nada hay más humano que la insatisfacción vital, la búsqueda de un sentido último y el deseo irracional de abandonarlo todo por hallar respuestas o por lo menos acallar las preguntas.

Por eso cuando uno lee las palabras apiladas apresuradamente sobre la máquina de escribir de Kerouac tiene la sensación de estar asomándose a la vida. A una vida. Siente la sinrazón, el circo, lo absurdo, lo devastador y lo maravilloso. Siente el jazz de aquellos locales sórdidos haciendo vibrar su pecho y el excitante viento en la cara a través de la ventanilla. Siente la libertad, el alcohol, las drogas y el sexo arremolinarse alrededor de la soledad y la amistad, entremezcladas en un agridulce festín de recuerdos.

Kerouac

Ellos se empeñaron en paladear hasta la última experiencia que la carretera les ofreciese. Harapientos y sonrientes profetas que hacían dedo en los arcenes y dormían a la intemperie. Conocedores del secreto, marginados y derrotados. La generación beat. Escritores como Lucien Carr, Allen Ginsberg, William Burroughs y por su puesto, Jack Kerouac y Neal Cassady. Sin su inmensa influencia cultural los años sesenta tal y como hoy se nos relatan jamás hubiesen sucedido. Cuando la versión aún censurada de En la carretera se publicó en 1957, en palabras de Bob Dylan, “cambió mi vida y la de todos los demás”.

Ni Kerouac ni Cassady llegaron a apreciar con perspectiva el enorme recorrido de su aventura convertida en novela. Jack moriría en 1969 a manos de su adicción al alcohol. Neal había muerto tan solo un año antes, desmayado por (presunta) sobredosis junto a las vías del tren de la estación de San Miguel de Allende, México. Se habían visto por última vez cinco años atrás.

Cassady apareció en casa de Jack junto con unos amigos y arrasó su cocina antes de que este les echase a todos. Decepcionado por la falta de ansia de aventuras de su amigo, Neal se lanzó de nuevo a la carretera, convertido en un ídolo de las nuevas generaciones mientras que Kerouac se recluiría en el inmovilismo y la adicción que sería su tumba. Sus caminos se separaron definitivamente aquel 1963. Sin embargo, ninguno de los dos olvidaría la estrellada noche de 1949 en la que caminaron hasta que se les acabó la tierra y ante ellos se abría el océano Atlántico.

El final de la carretera, del camino. Y allí, entre los faros antiniebla y puentes de ferrocarril de Long Island se dieron la mano prometiéndose una amistad que se convertiría en eterna gracias al frenético teclear sobre aquel inacabable e inacabado rollo mecanografiado.

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