Lejía

Lejía

El día después del quinto cumpleaños de Pablo, el pez aparece muerto. Flota boca arriba, inerte, con la cena del día anterior todavía intacta en la superficie del agua. La primera en descubrirlo es la abuela. El pez va directo al inodoro. Un rato después baja el padre, que al ir a orinar se encuentra al animal flotando en el agua del váter. ¡Mamá! ¿Qué hace el pez aquí? La abuela, acelerada, responde que ha olvidado tirar de la cadena.

Evaristo alarga la mano y rescata al pez. Lo mira con atención. Le saca una foto con el móvil. La abuela no entiende nada y se aleja, persignándose. Son las ocho de la mañana, falta media hora para que Pablo despierte. Evaristo agarra al pez y sale, presuroso. La tienda de animales del barrio está cerrada hasta las diez, pero el dueño es amigo. Lo llama tres veces, sin respuesta. Se sube entonces al coche y conduce hasta la otra punta de la ciudad. Es pronto y todavía no hay gente en la carretera. En el centro comercial hay otra tienda de animales, que sí abre antes. A las nueve. Evaristo maldice. Vuelve a llamar a Julio, que esta vez le coge el teléfono. Bajo enseguida a abrir la tienda y te doy un pez nuevo. Espera, no cuelgues, mándame una foto, a ver si hay uno igual.

Como si todos los despertadores hubieran sonado al mismo tiempo, de vuelta al barrio las calles se han llenado de coches. Evaristo llama a su madre. Haz lo que sea para que el niño no se levante. A la abuela Paquita le toca levantarse del sillón e ir a apagar, silenciosa, el despertador del niño, pero éste, con el ruido del teléfono al llamar su padre, ya se ha desperezado. La abuela se sienta en su cama corriendo. Pablito, vamos a rezar. Pero abuela… ¡Ssh! No protestes. Venga. Evaristo llega a la tienda, donde Julio le espera con una bolsa ya en la mano. Mira, ¿ves? Es igual. Evaristo examina ambos peces, el muerto y el vivo, llevando la vista de la bolsa de agua a la pantalla del móvil. Creo que me vale. No, espera, ¿y esta mancha? ¿No tienes uno con una mancha? Pero hombre, Evaristo, no creo que el niño se vaya a fijar en eso, que se lo comprasteis ayer. Sí, sí, tienes razón. Vale, me lo subo corriendo. Luego bajo a pagarlo. Nada, nada, vete.

Evaristo corre hasta el portal y al ir a abrir la puerta descubre que se ha dejado las llaves en casa. Suelta tres palabrotas seguidas. Llama al telefonillo. La abuela Paquita lo escucha desde la habitación de Pablo. Niño, sigue rezando, que bajo a abrir. ¿Quién es? Niño, reza. Si no te terminas la oración no desayunas. Que yo te oiga. Pablito comienza a recitar el Padrenuestro a toda pastilla y a voz en grito mientras Paquita baja todo lo rápido que puede a abrir. Evaristo sube las escaleras de dos en dos, entra en casa como una bala, agarra un cuchillo de la cocina y al tiempo que Pablito grita “y líbranos del mal…”, corta la bolsa y el pez nuevo cae al agua con un “plof”.

Pablito baja las escaleras y ni siquiera se da cuenta de que su padre está vestido y sudando al lado de la pecera. Evaristo sonríe con orgullo, pero la alegría le dura poco cuando Pablo, al ver el pez, frunce el ceño y se lamenta. Un largo “joo…” sale de sus labios. ¿Qué pasa, hijo?, pregunta Evaristo con nerviosismo. Pablito mira a su padre. Se saca un botecito del bolsillo de la bata.

Ramón me dijo ayer en el cole que si lo echaba, el pez se volvería amarillo fosforito en una noche. Evaristo abre el frasco y huele. Lejía.

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