Lorca

Lorca, ¿homosexual o maricón?

“Acabamos de matar a García Lorca. Yo le metí dos tiros en el culo por maricón”, son las palabras con las que se regodeaba Juan Luis Trescastro la mañana siguiente del asesinato del escritor. También se escuchó decir a otro de sus asesinos: “ya estábamos hartos de maricones en Granada”. Es de sobra conocida la orientación sexual del poeta, y quizá la implicación de ésta en su muerte. A pesar de su triste final, la vida privada de Federico García Lorca merece ser investigada para así entender toda su obra. Así pues, vamos a hacer un recorrido fugaz a través de las experiencias sexuales y amorosas que marcaron su vida y su obra.

El poeta granadino vivió su sexualidad lo más abiertamente que pudo, teniendo en cuenta factores importantes como la patente homofobia que imperaba en la España de principios del siglo XX. Su vida privada transcurrió entre pequeñas aventuras venales y romances más o menos pasionales que le trajeron no pocas quebraduras de cabeza. Sin embargo, el propio Lorca manifestaba rechazo hacia su condición. Detestaba los afeminamientos, y sobre todo, que a él  se le pudiera relacionar con esos “maricones”, “pederastas”, o “invertidos” que se dejaban ver por la capital española.

No obstante, aún con el miedo irracional que sentía a ser tildado de homosexual, a simple vista no daba esa sensación, como han podido confirmar varias fuentes, como Luis Buñuel, que incluso estuvo dispuesto a defenderlo a capa y espada cuando un muchachote vasco afirmó que en la Residencia de Estudiantes de Madrid había muchos maricones, entre ellos, García Lorca. Buñuel, ante la duda, optó por abordar a su entonces amigo preguntándoselo directamente: “¿es verdad que eres maricón?”. La respuesta del escritor fue contundente, se levantó indignado y le respondió: “tú y yo hemos terminado”. Esa misma noche ya lo habían arreglado, aunque sin duda aquello marcó a Lorca, que intentó ocultar todavía más su orientación.

Si bien no seguía el prototipo de hombre afeminado, no por ello dejaba de interesarse por el sexo masculino. Aunque también es cierto que en su adolescencia intentó reprimir esa orientación. Ian Gibson, el gran investigador del poeta por antonomasia, declaró en su libro Lorca y el mundo gay (2009), que cuando Lorca tenía 18 años se enamoró perdidamente de una joven cordobesa con la que había tocado el piano a cuatro manos. Una pasión no correspondida, debido en parte a que la joven no sentía atracción por él. Hubo otra mujer en su vida, otro amor platónico, Maria Luisa Egea, granadina y bastante retraída, aunque de gran belleza. Federico llegó a escribirle cartas de amor, pero ella se marchó de su ciudad para no volver jamás, algo que terminó de desilusionar en cuestiones amorosas al poeta.

Lorca
ICULT FEDERICO GARCIA LORCA

La suerte con las féminas frustró a Lorca, hasta que conoció a Emilia Llanos, unos años mayor que él, y una de las mujeres más cultas de Granada. Establecieron una gran amistad que duraría toda la vida. Esta vez cambiaron las tornas, ella se enamoró, pero él parecía haber dejado de reprimir su verdadera sexualidad. Una anécdota de la Residencia de Estudiantes, contada años después por Dalí, afirma que, pese a la homosexualidad ya confirmada del poeta, tuvo una única relación sexual con una mujer, debido a un juego erótico propuesto por el pintor. Ésta se llamaba Margarita Manso, y era estudiante en la Academia de Artes de San Fernando. Era sexualmente muy liberada, con un aspecto propio de 1920 (cuerpo delgado y pechos pequeños), y  aceptó sumisa a que se llevara a cabo el acto. Dalí, del que luego se hablará más profundamente, actuó como voyeur en el encuentro, y una vez terminado, Lorca abrazó con cariño a su compañera y le recitó unos tiernos versos, para sorpresa de Dalí, pues pensaba que la reacción sería de desprecio. Es curioso que el poeta accediera a mantener relaciones con una mujer, pues él mismo declaraba en privado a sus amigos homosexuales o bisexuales el terror que le producían los genitales femeninos, así como los pechos.

Pasando a hablar de las relaciones homoeróticas que dibujaron su vida, debemos desplazarnos a Granada. Una noche, el propio Lorca confesó a un amigo, que cuando era pequeño, en su pueblo, estableció amistad con un niño de su clase. Conforme avanzaba el tiempo sentía que no quería separarse de él, y le dolió en el alma cuando los padres se lo llevaron a la capital, dejando al niño Federico solo y sin su “amigo especial”. Contó también, que entonces no sabía lo que le ocurría, pero cuando creció y se definió, supo que quizá para él no representaba una simple amistad, sino algo más. A su amigo José María García Carrillo, también homosexual, le contó que en su infancia acaparaba a todos los niños, y según decía: “cuando yo era pequeño ya se la había meneado a todos los niños de Asquerosa”. El propio García Carrillo llegó a afirmar que fue Federico quien le inició en el amor masculino, y fue su confidente de correrías homosexuales cada vez que Lorca regresaba a Granada.

Entre las relaciones amorosas que se conocen del poeta, encontramos a tres personas fundamentales: Salvador Dalí, Emilio Aladrén y Rafael Rodríguez Rapún.

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  1. Federico García Lorca y Salvador Dalí en Cadaqués, 1927.

Dalí era un joven extraño, patológicamente tímido y retraído cuando llegó a Madrid como estudiante de la Academia de San Fernando y como residente. A Lorca le llamó la atención en cuanto se conocieron, y no tardaron en hacerse grandes amigos. Aunque para el escritor, la amistad no era suficiente, buscaba algo más. Dalí, sin embargo, temía reconocerse homosexual por temor a su padre, que era bastante severo y apenas aprobaba la elección del propio Salvador de ser pintor.

El catalán invitó a Lorca a pasar la Semana Santa de 1925 en su casa de Cadaqués, donde intimaron todavía más, y el amor del poeta hacia su amigo se iba fraguando con más fuerza. En 1926, compartieron habitación en la Residencia de Estudiantes, y parece ser que fue ahí cuando el poeta intentó mantener relaciones sexuales con el pintor, pero nunca terminaron de consumar la penetración, porque según Dalí: “yo no era pederasta y además me dolía, así que tuvimos que echar mano de una muchacha que actuaba de sacrificio”. Esa muchacha fue la ya mencionada Margarita Manso. La relación se fue deteriorando a raíz de este episodio, aunque al año siguiente el poeta volvió a pasar el verano en Cadaqués.

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Lorca y Emilio Aladrén

2.  Federico García Lorca y Emilio Aladrén en 1928.

El año de 1927 fue crucial para la carrera de Lorca. Por un lado, ya estaba casi a punto la publicación de su primer poemario, El Romancero Gitano, y por otro lado, había comenzado algo más que una amistad con Emilio Aladrén, al que los amigos del poeta calificarían como su gran pasión. Joven apuesto y de apariencia exótica, además de estudiante de escultura en la Academia de San Fernando, conoció a Federico a través de la pintora Maruja Mallo, de quien era novio. Según dijo la propia Maruja, el poeta le robó a Emilio sin miramientos. La relación fue intensa, y el enamoramiento surgió rápidamente por parte de Lorca; a Emilio, en cambio, el noviazgo le interesaba sobre todo por si podía salir beneficiado de ella, pues era un escultor mediocre y nunca obtuvo el mérito deseado. Según contó Vicente Aleixandre, compañero de generación del poeta, y bisexual, la primera relación sexual con penetración (con un hombre) que tuvo Federico fue con Emilio. Relató que pasaron un fin de semana en Ávila y recibió una llamada desde el hotel donde se alojaban diciendo que todavía no se habían levantado. Fue la primera vez que lo hicieron.

La relación amorosa, sin embargo, fue breve. Emilio comenzó a distanciarse de Lorca, que cada vez estaba más enamorado. ¿La excusa? Había comenzado un noviazgo con una joven inglesa afincada en España. Al enterarse de la noticia, el poeta quedó desolado, pues había confiado plenamente en su amigo. Con el corazón roto y otras muchas causas que tenían que ver con su obra, se vio sumido en una depresión que hizo que tuviera que huir de España en 1929. Su padre, alarmado por la situación de su hijo sin conocer las causas, preguntó a una persona clave en el diario íntimo lorquiano, Rafael Martínez Nadal. Éste le confirmó algunas obviedades pero ocultó todo lo relacionado con su sexualidad, entendiendo que el padre pertenecía a un siglo anterior y no estaría preparado para analizar con normalidad la homosexualidad. Con las explicaciones de Nadal, don Federico García, el padre, mandó a su hijo a Nueva York, con la intención de desligarse de España y dejar atrás lo que le reconcomía.

Nueva York le permitió conocer la obra de Walt Whitman, homosexual reconocido, pero no maricón. Esto es, el homosexual bueno, encarnado por Whitman, es aquel que representan “los niños que escriben nombre de niña en su almohada, o el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero, o los solitarios de los casinos que beben con asco el agua de la prostitución, o los hombres de mirada verde que aman al hombre y besan sus labios en silencio”, y que encarnaría el propio Lorca, frente a los homosexuales malos, los “maricas de las ciudades, de carne tumefacta y pensamiento inmundo, […] esclavos de la mujer, perras de sus tocadores”, aquellos afeminados, que se jactan de su homosexualidad y la hacen pública.

¿Estamos ante un homosexual homófobo? Según lo que dice en esta “Oda a Walt Whitman” de su libro Poeta en Nueva York, es evidente que sí. Pero es lógico que piense de esta forma si vive en una época donde se castiga la pederastia, al igual que es lógico que sienta asco de sí mismo. Posiblemente no odie a los “maricas”, sino que los envidie, por vivir su sexualidad sin tapujos. La estancia neoyorkina le marcó, como se ha visto, profundamente. Pero la relación de la gran ciudad con la homosexualidad no se termina ahí, sino que el propio Lorca tuvo experiencias que hicieron mella en los años posteriores.

Volviendo a Rafael Martínez Nadal, Federico le escribió una carta diciendo que la noche anterior había tenido una pequeña orgía con negros. Tras su estancia neoyorkina se fue a Cuba, y es ahora cuando comienza a escribir El Público, su obra más transgresora, y no sólo por su lenguaje surrealista, sino también porque supone el primer canto a la homosexualidad en su obra, algo que él mismo reconoció en una carta a Martínez Nadal: “estoy trabajando en una obra de tema francamente homosexual”. En la isla llegó al culmen de su sexualidad, dejándose querer y viviendo su condición con libertad: se bañó con un grupo de chicos desnudo, tuvo varias relaciones, etc. Volvió a España renovado, coincidiendo con el momento en el que la política española se iba acercando a las ideas republicanas. Su compañero de generación, Luis Cernuda (también homosexual), notó que había llegado un Federico con menos complejos, ya no se escondería como había hecho antes. Y así fue.

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3. Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún en 1934.

Durante la República, colaboró con la fundación de la compañía de teatro ambulante “La Barraca”, que iba llevando por los pueblos de España el teatro clásico español. Lorca era el director artístico. Allí conoció a un joven estudiante, Rafael Rodríguez Rapún, al que el poeta llamaba “tres erres”. La relación, con sus altibajos, duró desde 1933 hasta 1936. Rapún fue el secretario de Lorca los años que estuvieron juntos. Sin duda alguna, fue una pasión consumada, y el primer amor totalmente recíproco.

Aunque también es cierto que, según fuentes cercanas, el joven era heterosexual (“le gustaban las mujeres más que chuparse los dedos”) y siempre prefería el amor de una mujer. Una noche, Cipriano Rivas Cheriff, director teatral y  amigo de Federico, fue a buscar al dramaturgo porque no había acudido a los ensayos. Lo encontró en una tasca perdida de Barcelona, con la cabeza entre las manos, decaído. Cuando fue a hablar con él, le contó que Rafael se había ido con una gitana y no había vuelto al hotel.

Si el testimonio es cierto, fue la primera vez en la que Lorca habló con soltura de su homosexualidad a alguien que no fuera de su entorno más íntimo. Afirmó no amar a la mujer, no desearla. La respuesta de Rivas fue simple: “no entiendo por qué te has privado de una mitad del género humano”; la respuesta de García Lorca, por otra parte, fue contundente: “¿no te has privado tú de la otra mitad?”. Tras un largo monólogo, declaró que él buscaba el amor puro, sin límites, aquel que buscaba Walt Whitman. Por desgracia, no lo encontró. Lo que nunca supo Federico es que su secretario lo quería más de lo que pensaba. Tras el asesinato del poeta, Rapún se alistó como miliciano y murió en el frente justo un año después que su amante.

El romancero lorquiano se compone de muchos otros romances y encuentros pasionales, pero merecen ser tratados con más dedicación. Son muchos los investigadores que han estudiado la vida privada del poeta, que cuenta con episodios jugosos y anécdotas interesantes tanto fuera como dentro de España. No cabe duda de que Lorca ha sido uno de los personajes más completos de principios del siglo XX y todavía queda por saber mucho de él, a pesar de su corta vida.

Así pues, y para concluir, si algún lector quiere saber más sobre el tema, que no dude en consultar bibliografía sobre el mismo, sobre todo si se trata de libros escritos por Ian Gibson o artículos de Víctor Fernández. Respecto a su muerte, se han encontrado documentos franquistas en los que se corrobora la hipótesis de un asesinato debido a “prácticas de homosexualismo” y afiliación a las izquierdas. Todavía hay gente que niega la verdadera orientación de Lorca, pero la verdad es la verdad, y ésta es que Federico García Lorca era homosexual, pese a quién le pese.

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