Mamá

Mamá

Es domingo, Día de la Madre para la mayoría, día de volverte a recordar para mí… me alegra que las mamás reciban todas la atenciones y regalos de sus pequeños, que siempre lo serán para ellas, pero no puedo evitar sentir un inmenso vacío desde que me faltas.

Pienso en todas las cosas que nos perdemos, los viajes que no hemos hecho y todas las vivencias que merecíamos haber vivido. Pienso en lo injusta que es la vida a veces, en lo tremendamente injusta que fue contigo, y en lo poco que lo veía cuando aún éramos mamá e hija… Me encantaría volver a mandarte flores, volver a escribirte poemitas que hacían que te emocionases, que vivieses mis logros y me aconsejases en mis dudas, pero ya no va a poder ser. Al menos como solía ser.

Sé que te alegras, que todo lo bonito que va pasando me lo posibilitas tú, que la gente que entró y salió, que la que se queda, la que me cuida y me quiere, es la que tiene que ser. Te siento en el olor de las flores, en el viento en la cara y en el ronroneo de las gatas; en la fuerza, en la furia, en el grito, en el recuerdo de tus “eres fuerte: tú siempre puedes”.

Me gusta ser un ser humano consciente, en constante búsqueda, en pausa cuando no resuelvo. Autocrítica como tú, devoradora de libros como tú, quiero creer que buena persona como tú… me río de adulta recordando qué pasaba cuando llegaba a casa con un animal herido, mojado, o solito, y tú me alentabas a bañarlo, alimentarlo, curarlo y cuidarlo. Al final hemos sido las madres de muchos pequeños juntas, y lo único que me sangra es pensar en tener un día un hijo, y que tú no vayas a actuar como una abuela física, pero ¿sabes qué? Desde donde tú nos cuidas, pocos pueden hacerlo y semejante guerrera alejando lo malo y acercando lo bueno, me da la tranquilidad de saber que todo va a salir bien.

Ahora que soy adulta e independiente, me acuerdo de todos los consejos que me dabas, de todas las veces que pensaba “qué pesada es, por favor”, y me río sabiendo que tenías razón, y tú sonríes porque en el fondo ya sabías que la tenías… y sobre todo, de las frases de madre que repetimos los hijos como un mantra, que te cabreaban de pequeño y de mayor tienen todo el sentido, tipo “si lo hicieras en el momento, no te olvidabas”, que traducido al idioma de los hijos es “mimimimimimi” o el maravilloso “a que voy yo y lo encuentro” y que yo sigo pensando “cuando me pase a mí no voy a encontrar nada, lo estoy viendo”. “Ni es que, ni es co”, o de mis favoritos “ni mamá, ni momó”… Hola, ¿qué tal? ¿Qué significado tenía eso?

Es maravilloso cómo el universo se organiza a tu alrededor, cómo nos adaptamos a los cambios y cómo es de importante ser una cañita de bambú y haber dejado atrás el muro de hormigón indeformable que he sido siempre… Fluir, sentir, no poseer, amar en libertad y saber que todo ese amor libre ama porque quiere y no porque tiene que querer. Ser capaz de sentir amor, placer, dolor, ira y saber que pasará, que podemos controlar estos sentimientos, pero no ceder ante los que se quieren quedar sin permiso. Esto me hubiera gustado experimentarlo contigo, mamá, a no dejar que las cosas malas te arrinconen y a que otras sensaciones, eran posible, pero no nos dio tiempo. Al principio pensabas que era una hippie, pero sé que al final esta filosofía te gustaba y te negabas a sentirte mal por no hacer algo que no te nacía, simplemente porque era lo que se esperaba de ti.

Ojalá más noches de confesiones, de llorarnos, de reírnos, de beber un poco y divagar… de playa, de noches cálidas y de “ponte una rebequita que empieza a hacer frío”. Ojalá tu cara de frío después de comer, y mis siestas en el sofá arropada con la mantita de la cuna.

Todo eso queda atrás, y sólo queda recordar a los que aún tienen a sus mamás entre nosotros que las quieran, que las cuiden, que las valoren y que ellas lo sepan. Que tengamos todo un ejército de mamás peleonas, de yayas en manifestaciones y de sororidad a tope… Creo muy firmemente en el poder del amor, y en que éste es mucho más fuerte que el del odio; que, si todos pensásemos en nuestras preciosas mamás, el mundo sería un lugar bonito y cuidado, lleno de personas empáticas y fuertes que se levantan tras cualquier golpe. Porque malos siempre hay, pero no pueden ser más que los buenos.

Es muy probable que si nos pidiesen que pensásemos en humanos buenos, el primer impulso quizá sería pensar en quienes han hecho grandes cosas para el conjunto de la sociedad (que cada uno inserte aquí a Ghandi, Jesucristo, Irena Sendler, o a quien sea, según lo que considere que es un bien superior), pero si paramos y pensamos, nadie nos quiere, nos defiende y nos cuida como mamá, cada uno la suya, para cada uno, la mejor, la más bonita, la que cuenta mejores cuentos y la más feroces de las defensoras. De ahí el vacío tremendo que queda cuando faltan, la sensación de estar en un precipicio y saber que ella no está para salvarte de la caída… por eso te puedes haber hecho el más gordo de los cortes, que viene mamá, te sopla ¡y vaya que se calma! Por eso no importa que estés malito, si mamá está contigo porque sabes que estás a salvo. Porque eso es mamá: hogar, refugio y sanación.

Me gusta pensar y sentir todas estas cosas bonitas hacia mi madre, y saber que, salvo excepciones, todos lo sentimos hacia la nuestra. No todos somos padres, pero  todos somos hijos y esa ternura traducida en amor universal a lo que nos rodea, tendría que ser lo que prevalezca. Si quien va a disparar a alguien pensase en su madre mirándole, seguramente pocos dispararían.

Yo me quedo con eso, con todo lo que se remueve por dentro y con la esperanza de que algún día, salga hacia fuera; que el que ya no quiera, deje libre al que sí, que el que ha sido ofendido perdone como te perdonó mamá cuando le rompiste aquél jarrón, que el que desee venganza recuerde cómo al final mamá te perdonó las lentejas y te hizo un bocadillo, y cómo tras volver con las orejas agachaditas por un error, mamá te espera con sus maravillosos brazos abiertos para darte un abrazo que te recompone.

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