NBA Rookies: Ya es mañana

Asumámoslo: Nos gustan los rookies. Da igual si son altos o bajos, blancos, negros o Lonzo Ball. Si vienen de la universidad de Duke o de una remota ciudad finlandesa. Nos gustan los aleros, los pívots y los bases. Nos gustan los que reciben las llaves del equipo cuando firman su contrato, pero también los muchachos que esperan en el banquillo, cabeza envuelta en una toalla, deseando que lleguen los minutos de la basura para dejar un par de highlights con los que alimentar a Twitter, el único lugar donde son alguien. No os engañéis, a todos nos ha pasado. Os lo dice alguien que creyó en James Young y RJ Hunter.

El novato, por el mero hecho de serlo, es el único capaz de inyectar ilusión en venas de franquicias descarriadas. Adolescentes que ponen la primera piedra de un mañana que se espera mejor, que cargan sobre sus espaldas con las esperanzas de millones de personas.  Es un fenómeno que se repite temporada tras temporada y que, a menos de un mes del Draft, alcanza su máxima expresión.

Un fenómeno con el que ya se habían familiarizado en Philadelphia. Años y años de un proceso lento y cuestionado, de mucho ruido y pocas nueces. Pero, consecuencia de todo ello, los Sixers arrancaban la temporada juntando a dos pick #1 sobre el parqué. A Ben Simmons le llevábamos esperando todos durante un año y pronto supimos por qué. Su sola presencia, en sintonía con la de Joel Embiid convirtió Philadelphia en un lugar al que los agentes libres sí quieren ir, como prueba la firma de un habitual de la postemporada como JJ Redick.

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La aparición en escena de Simmons redujo a cenizas el pasado inmediato de los Sixers. La espera mereció la pena solo por tener a un Mesías de 2.08 volar en las transiciones y maravillar con su técnica en estático. Y de su dominio del juego desde la posición de base se desprende la primera temporada de más de 50 victorias desde 2001, cuando Allen Iverson recibió el MVP. Por analogía, pero mucho más por rendimiento, el Rookie del Año podría parecer cosa de uno.

Pero algo tan común como buscar un “elegido” en cada promoción que llega a la liga es encontrarle también un rival. Las lesiones frenaron pronto a un Lonzo Ball que parecía la elección natural para plantar cara a Simmons, aunque no le impidieron mostrar destellos del jugador que es y que puede ser. Pero este apareció en otra franquicia en depresión como Utah.

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Cansados de que la historia les demuestre que Salt Lake City sigue sin ser un destino (si acaso un trampolín), los Jazz han sobrevivido al mazazo que supuso la marcha de Gordon Hayward gracias a la irrupción de Donovan Mitchell. Nada como el descaro de un rookie para ponerle pimienta a un equipo cocinado a fuego lento. Mitchell, el verso libre en el extensísimo manual de Quin Snyder, ha aportado la nota de jazz a una franquicia históricamente abocada al ninguneo.

Si algo bueno tiene la NBA (y el sistema de ligas profesionales en Estados Unidos en general) es que la ilusión está al alcance de todos. Mercados grandes y pequeños reciben por igual la oportunidad de ilusionarse con la llegada del Draft. Tal es la atracción del novato, su calado entre las masas, que solo un gran fichaje puede desplazar el foco hacia otro lado. Y son muy raros los casos en los que una postemporada combina ambos.

Sin embargo, la ingeniería de despacho de Danny Ainge ha conseguido que los Boston Celtics tengan el premio doble. Y no un año, sino dos seguidos. Si en 2016 llegaban Brown y Horford, para 2017 redobló su apuesta con la firma de Gordon Hayward y el traspaso más atípico de la historia: nunca dos rivales encarnizados habían intercambiado sus armas durante la tregua como lo hicieron Cavs y Celtics con Irving y Thomas. Con semejante movimiento de estrellas, la llegada de Jayson Tatum a los Boston Celtics bien pudo pasar más desapercibida de lo normal para un jugador de su calibre. Porque jamás un top-3 del Draft había caído al pie de página.

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El descubrimiento de Jayson Tatum fue algo más forzoso de lo que el aficionado Celtic hubiera deseado. Porque el proyecto de Danny Ainge, que aún lo sigue siendo, duró 5 minutos. Su puesta en escena, ante Cleveland en The Q, fue también su final prematuro, con la dantesca imagen del tobillo de Hayward mirando para donde no debía como símbolo de lo que es un contratiempo. Con la firma más ilusionante en décadas camino del hospital, los Celtics parecían quedar fuera de la pelea antes de que esta comenzara.

Solo entonces, y más en un ejercicio de reforzar la autoestima tras el duro golpe que como síntoma de confianza, los ojos empezaron a centrarse en un novato de viento. Los informes hablaban maravillas de sus largos brazos y sus highlights en la universidad mostraban que la carga técnica del chico la tienen unos pocos. Pero fue la lesión de Hayward la que le dio el empujón definitivo a un muchacho destinado a la reserva, al menos, de inicio.

Pero el influjo del novato por el que el aficionado pasa todos los años ha tenido este algo especial. Cada uno, a su manera, pero los tres han traducido esa ilusión en resultados a unos niveles nunca vistos en la liga. Síntoma de que los tiempos están cambiando y de que no hay nadie como ellos para liderar la nueva revolución en el baloncesto, cabe preguntarse si el 2017 será el nuevo 2003. Hasta la fecha, incluso puede afirmarse que está siendo mejor.

El dominio global del juego de Ben Simmons, cuyas estadísticas en su primer año tienen poco que envidiar a las del joven Magic Johnson, ha llevado a los Sixers a pasar una ronda de Play-Offs por primera vez en 6 años, la segunda si echamos la vista atrás a los últimos 15. Unos Play-Offs donde el índice de uso de Donovan Mitchell ha destrozado todas las marcas. También en su caso, se tradujo en el pase ante Oklahoma, con Mitchell superando los 24 puntos de promedio en su primera aparición en los Play-Offs. Unos Play-Offs en los que ninguno llegó tan lejos como Tatum. A sus 20 años (el más joven de los tres), ya sabe lo que es forzarle un séptimo partido de Finales de Conferencia a LeBron James. También cómo plantarle cara en el mismo, donde el balón les quemaba a todos sus compañeros, pero no a él.

De entre los privilegios concedidos a los novatos, quizá el mayor sea el de colocar su propio listón. Al rookie se le echa de comer aparte, se le mide en función de sus compañeros de camada. Solo así se entiende que el galardón de Rookie del Año fuera el mismo para Jordan y para Mike Miller, que Olajuwon no lo recibiera y sí Emeka Okafor. Solo así se explica que los nombres de Kuzma, Smith Jr. o Jackson se hayan volatilizado. No es su culpa ser rookies ordinarios en una generación extraordinaria.

Simmons, Mitchell, Tatum. El Rookie del Año encumbrará a uno por encima de los otros, aunque lo hará de forma provisional y algo ambigua, pues tras el primer asalto el combate está muy lejos de acabar. En el fondo, los tres ya le han ganado la primera batalla a la historia, abriéndose paso en un terreno siempre vedado a los jóvenes. Como cantaba Gorillaz, tomorrow comes today. 

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