Estiu 1993

Estiu 1993

El verano de jugar a la Polly Pocket en el suelo, de las camisetas a rayas con el ombligo al aire y  las tiritas en las rodillas. ¿Cómo podía ser ese el verano del sida?; el de 1993.

El tabú en la carnicería, entre salchichas frescas y cotilleos susurrados, aún te pasa de lejos. Ignoras, apoyada en la vitrina, las miradas y codazos de soslayo que llevan tu nombre, o el de tu madre, que ya no está.

Te arrastra a Les Planes d’Hostoles, con tus rebeldes rizos que no pueden ser domamos ni por el peine; y entonces encuentras que donde muere una vida nace otra. Nace una hermana pequeña a la que hay que enseñar que tus muñecas no se tocan porque, aquí, la que manda ahora es “la Frida”. Y eso es ley.

Te preguntas cómo has podido pasar seis años de tu vida sin compartir los chapoteos y la espuma de la bañera y los manguerazos serpenteantes en el patio de casa con el traje de baño de moda: las braguitas blancas de algodón. La espontaneidad se camufla en lechugas que son coles y piensas que la vida vuelve a ser bonita bailando sobre los zapatos de papá.

Pero, en el fondo, detrás de la risa que te dibujan las cosquillas del nuevo hogar sigue estando la muerte. Sigue sin estar tu madre. Es normal que ni los helados de leche y chocolate a dos manos consigan llenarte. Es normal escapar.

Los ojos verdes hasta las cejas y los mofletes de payaso son el mejor disfraz, pero no puedes ocultarlo. Tienes derecho a coger tu mochila, saltar por la ventana y correr lejos; pero mejor cuando pase la oscuridad.

Al otro lado se ha marchado el verano o, mejor dicho, todavía no ha llegado (aunque lo parezca. This is Murcia). En aquella sala repleta de la filmoteca donde la vida empezaba a actuar en la pantalla. Una sala en la que resonaba el pollito inglés en catalán y, de vez en cuando, desde la fila uno (sí, la fila que te curvaba el cuello como resultado de llegar en el último momento, como siempre) miradas cómplices que gritan al reconocerte.

Sonrisas al encontrarte en otras casas, en las fiestas del pueblo, trepando árboles, imponiendo tus normas y siendo frágil detrás del antifaz de niña traviesa.

Todos necesitamos a alguien que se beba la leche por nosotros, a otros que nos ayuden con los deberes y, por supuesto, a la hermana mandona. Pero, a pesar de todo, mamá siempre será mamá.

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