vida

Vida

  • “Qué frío tengo” – pienso mientras me abrazo a mi bebé. Intento transferirle algo de calor con mis brazos, y siento a mi otra hija abrazada a mi pierna.

Me vuelvo a dormir y sueño con que vuelve a ser verano, y que estoy en casa de los abuelos viéndoos crecer sanos y felices. Plantamos verduras en el campo y las cuidamos hasta que nos dan frutos… nos encanta recolectarlos, ir al mercado a venderlos, cocinar juntos y tumbarnos a la sombra mientras el calor no da tregua a la hora de la siesta.

Cuando nos despertamos, el sol ya no pega tanto; es el momento ideal para refrescarnos en la alberca. Nos lo pasamos genial juntos… adoro esta relación que tenemos y por un momento desearía que no crecierais nunca: “siempre con mamá”, pero no es justo. Deseo que crezcáis y seáis unos humanos felices y bondadosos, que repitáis los patrones familiares que os gustan y descartéis los que no… quiero que seáis lo que os haga feliz. Adoro mirarte con tu hermanito en brazos mientras juegas con los animales, una amalgama de perros, gatos, y cualquier amigo que nos encontremos, a cual más maltrecho, y a cual más querido. Recuerdo que tenemos una sandía fresquita, y me levanto a por ella: cuando me ves aparecer con ella sales del agua como una flecha, colocas una tela en el suelo y merendamos… sonríes, te partes de risa, te atragantas con la sandía y uno de los perros te roba un trozo, te asustas y vuelves a reír… esta risa tuya, mi niño, es tan contagiosa como terapéutica; ¡hasta el bebé que aún no entiende nada, se ríe al oírte reír!

Papá y tu hermano mayor llegan tarde, cansados y preocupados, pero a papá siempre le cambia la cara al vernos, sonríe y juega contigo, coge al bebé en brazos que ríe nervioso y tú corres a los brazos de tu hermano y le cuentas todo lo que has hecho hoy. Papá y yo nos sentamos, y me dice algo que no quiero escuchar, pero el gesto en su rostro no engaña: nos tenemos que ir. Rompo a llorar de rabia, de impotencia, de tristeza. No sé cómo explicártelo, no tengo razones para hacerlo, y no quiero pensar que otras personas dirigen nuestras vidas… vuestras vidas, que son vuestras y de nada más. Me mata no poder protegeros, y me falta el aire, me pesa la vida…

Papá y yo preparamos la cena mientras pensamos qué vamos a hacer, mejor dicho, cómo lo podemos hacer. Vuestro hermano mayor os baña y os oímos reír, ajenos a la vida adulta, esta vida aburrida de vaivenes, de nervios en el estómago, de quedadas y de huidas…

Mientras cenamos, explicas que estos tomates los has regado tal o cual día, y esas mazorcas las cogiste tú con tus manos, pero que justo cuando cogiste la de papá, y le quitaste las hojas, salió un bicho de dentro y casi te tira de culo del susto. Te ríes y la sonora carcajada hace volar a una bandada de pájaros que descansaba fuera.

Badi, tu hermano mayor, pregunta preocupado qué vamos a hacer para permanecer juntos y yo no sé qué decir… una parte de mí sólo quiere abrazaros y deciros que todo va a salir bien, pero es que no sé cómo hacerlo. Los pequeños aún no entendéis estas cosas, pero sabes que algo pasa y protestas cuando te mandamos a dormir, pero te vas con papá de la mano hasta tu cama mientras yo llevo al bebé a su cuna. Las palabras “guerra”, “desaparecidos”, “bombas” y “muertos” son lejanas e inentendibles para un niño, pero ahí estás, detrás de la puerta escuchando… siento que el mundo se derrumba a mi alrededor: toda la fortaleza que construimos con amor, esperanza y verdad, se va cayendo, y ni papá, ni Badi, ni yo sabemos cómo sostenerla. Echas a llorar y vienes corriendo con nosotros; seco tus lágrimas, pero las mías te caen sobre el pelo. “¿Nos vamos a morir como los abuelos?”, me preguntas… y ¿cómo te respondo a esto, Hana? No tengo respuesta, pero no quiero que sientas más que seguridad y amor. Y te respondo con una verdad a medias que no, vida mía, que no vamos a morir, que nos vamos a escapar de los malos y además lo vamos a hacer por el agua, que en la alberca practicamos mucho, y nadie nos va a atrapar. Tú gritas un “¡sí!” tan fuerte que hace protestar al pequeño Reda, que se vuelve a dormir, ajeno a nuestras preocupaciones y nuestros planes.

En medio de toda la vorágine que vino después, me despierto muerta de frío otra vez: sigo con Reda en brazos y con la pequeña Hana abrazada a mi pierna. Estamos en una barca llena de gente que apenas se mantiene a flote… estoy muerta de miedo, el corazón me palpita fuerte y rápido y no veo el momento de llegar a tierra.

Mi hijo Badi se ha quedado en nuestra casa, o lo que queda de ella… le obligan a cumplir un servicio militar. Mi marido también se ha quedado allí, esperando poder sobornar a alguien que permita a Badi librarse de esa guerra que nos han impuesto. Con el poco dinero que nos quedaba, compramos un chaleco salvavidas para Hana y otro para Reda y para mí, pero, si esto se hunde, no sé cómo lo voy a hacer… creo que, si me lo quito y envuelvo bien al bebé, lograré mantenerlo a flote. Y de ahí al agua, con todo el miedo por dentro y toda la fuerza por fuera para que Hana no se asuste más, pobrecita mi niña, pobrecito mi bebé, y pobrecitos mis hombres que no pueden venir aún… Pobrecitos mis padres y mis hermanos, que murieron víctimas de una explosión, y pobrecitos mis cuñados, que murieron en la misma travesía en la que me encuentro ahora, con dos hijos a los que protegeré con mi vida.

Pasan las horas, los días y tenemos frío, morimos de calor, nos mojamos, tenemos hambre y sed. Los alimentos escasean y yo no recuerdo cuándo fue la última vez que comí, pero todo pasará, todo mejorará.

Llegamos a tierra: “Valencia” se llama, y las gentes que nos recibe nos abraza, saca a nuestros pequeños y nos llevan a un lugar seguro. Veo sonreír a los niños y suspirar aliviados a los padres… ojalá puedan ayudarnos, ojalá les podamos devolver el favor, y ojalá no sea nunca acogiéndoles porque huyen de una guerra en su país.

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